Yo era real y luché por su libertad, por Rubén Darío Gil

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Foto: La Patilla

(17 de enero de 2018. El Venezolano).- Mientras yo transitaba por el dolor de la pérdida de mi madre Florinda, cuando su cuerpo se reducía a cenizas y recuerdos en un horno crematorio – cruel y poética figura visual de mi amada mamá, convertida en un humo blanco, que salía por una chimenea-, el país… mi Venezuela herida, perdía al más extraño y lindo de sus héroes lívidos: el inspector, Oscar Alberto Pérez.

En un país cansado de los tramposos, cansados de los traidores, de los guabineadores de oficios, de los “ojos de caimito”, de los dobles caras… del “yo estoy contigo, pero actúo y apoyo a los otro”, del yo soy tu pana del alma, pero prefiero estar con los que me benefician y por eso te dejo, en un país lleno de “viva la pepas”, de los que sacaron el “Carnet de la patria” pero no sacaron la espada, en un país de habladores de guebonadas, de luchadores cibernéticos y de cafés…

Ese fue el país de Oscar Pérez…

“Muerte Suspendida”, fue el título de una película… malosita… que lo llevaría la fama y al mundo de las sospechas… quizás, cargó con la condena de los malos actores… de esos actores que hacen siempre un solo personaje y se interpretan a sí mismos, una y otra vez, saliendo igualitos en todas las películas y telenovelas y que están condenados a ser… “otra cara bonita”

Nadie creyó que Oscar Pérez fuese un buen actor, pero tampoco  lucía como un inspector del CICPC, ni mucho menos un héroe verdadero…para la gente… para esos analistas frágiles de la suspicacia, Oscar Pérez era de mentira…  tenía el mismo destino de Jessica Rabbit, que a pasar de estar superbuenota y lucía malvada, era tan solo, un comic.

Todo lo que hizo el inspector-actor y héroe, Oscar Pérez, lucía de “mentira”, “sobreactuado”… como que si alguien, desde la primera butaca, les soplara las líneas, como si trabajara constantemente con un “apuntador”…

Cuando sobrevoló Caracas en un helicóptero, libremente, en una ciudad donde  “libremente” es imposible, donde la tranquilidad del caos es una utopía realizable, nadie le creyó… parecía más bien, un helicóptero de utilería, un artefacto sacado del maletín de un director de arte… pero jamás…  un aparato bélico de protesta real…

Desde el dedo sospechoso de Madariaga, ese 19 de abril, cuando se le pedía a la turba, no la independencia, si no respeto y apoyo al Rey de España, Fernando VII, hasta el General Lucas Rincón, mostrando la renuncia de Hugo Chávez, “la cual aceptó”,  este es un país de “comiquitas”, un país donde a nadie le extraña que el filósofo del Zulia, Manuel Rosales, pase de exiliado, a político a sospechoso negociador de lo innegociable y que hable por la “oposición”, siendo ya una figura casi icónica de los adoradores del nacido de Sabaneta.

A nadie le extraña los gritos de la Tintori diciendo: “lo están torturando” y a los días aparecía preñada, con su marido en casa, bien “papeado” y dándole las gracias a los gemelos del terror, los hermanitos Rodríguez.

Este país que no lucha por su libertad, si no por un pedazo de pernil…

Este país cayó en un hueco, no en el de “Alicia en el país de la Maravilla” si no en el  inframundo, casi, sin posibilidad de regreso.

Oscar Pérez se inmoló en un país que lo percibió de mentira, en un país que aún no cree que vive en comunismo y salen a votar, con la ingenuidad de los corderos, pensando que con ese CNE, con esas máquinas y esos rusos de sombras oscuras, pudieran vencer ese aparato corrupto y maligno, que mira en Miraflores, la vida entre millones de dólares.

Oscar Pérez apareció en época de Resistencia, cuando al país le “ladillaba” que cerraran las calles, que esos muchachos encapuchados se enfrentarán al Estado Fascista Bolivariano y dieran la vida… en ese país de la indiferencia y los académicos de la neutralidad, en ese país, apareció el protagonista de la película, “Muerte Suspendida” y nadie le creyó.

Hoy, no lo lloren, no lo extrañen, no les de rabia su asesinato… no sean hipócritas… para ustedes, su masacre, sus gritos de ayuda, sus videos bañado en sangre, era parte de otra película.

Adiós, Oscar Pérez.

Te fuiste el mismo día y en el mismo momento, que mi madre se volvía un ligero humo blanco en el firmamento.

Quizás mi madre Florinda, haya visto cruzar por ese túnel de luz… un Rambo de ojos verdes, guapísimo, envuelto con una bandera tricolor, dentro de un helicóptero de fantasía que decía: ¡coños de madre, yo era real y luché por su libertad!

Por / Rubén Darío Gil

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