Venezuela querida y frívola, por Benigno Nieto

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Referencial

(27 de enero de 2017. El Venezolano).- “Cuando Dios creó a Venezuela la bendijo con oro, diamantes, hierro, aluminio y petróleo en abundancia; la bendijo con ríos torrenciales, sabanas, cerros, cordilleras, tepuyes, y el salto de agua más alto del mundo, y aún la adornó con aves y orquídeas bellísimas. Dios vio entonces que se había excedido en bendiciones y, como castigo, puso al venezolano sobre aquella tierra prodigiosa.”

¿Qué insinúa el autor del sarcasmo, que el venezolano es mala gente? Todo lo contrario. Y dos visitantes europeos de épocas diferentes lo confirman. Ya en 1800, en su Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, cuando Alexander von Humboldt describió a Venezuela dio testimonio de la generosa hospitalidad de sus gentes, atribuyendo la amable disposición de su carácter al clima paradisíaco y la fertilidad de las tierras, que les permitía vivir sin grandes esfuerzos.

Dos siglos después, José Manuel de Prada publicaría un elogio de los venezolanos (ABC, España): “En ellos he descubierto una efusión cordial, una hospitalidad ferviente y sincera que me ha deslumbrado. Uno llega y, de repente, todas esas reservas que, presuntuosamente, consideramos un avance de la urbanidad se desmoronan: existe tal desprendimiento, tal entrega sin ambages, tal afluencia de afectos en estas gentes por la que circula nuestra misma sangre… Nunca había descubierto tanta curiosidad intelectual, tanto afán abnegado por responder a la fatalidad con una sonrisa, tanta belleza y simpatía floreciendo por doquier, aun en medio de infortunio. ”

Fausto Masó me envió el artículo de Prada por e-mail. “Son las alegrías de las vacaciones pagadas”, le contesté por la misma vía. Fausto me corrigió con otro: “No, somos así (los venezolanos), pero con los defectos”. Fausto Masó (como mi mujer, como mi hijo) es apasionadamente venezolano. Durante años escribió una columna satírica, Morir en Caracas, que reflejaba su amor por esa ciudad.

Si los venezolanos tienen el corazón del tamaño del universo, ¿cuáles serían entonces sus defectos? El menos grave, y ellos lo admiten, la impuntualidad (siempre llegan una hora tarde, pero como ya eso está calculado, no hay problema). En sus ansias de gozar son “bonchones”, pecan de irresponsables y derrochan sus bienes, excesos que celebran como virtudes. Faltan a su trabajo por cualquier estornudo; en contraste, las vacaciones son sagradas y hasta muertos se van de rumba. Venezuela es el país con más días feriados en el mundo, y donde se consume más cerveza y whisky per capita, en Latinoamérica. Presidentes y ministros suelen tener “una querida” pública (“el segundo frente”, lo llaman los guardaespaldas), sin que nadie se escandalice.

Las venezolanas no son santas. Pero como “donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia”, ellas suelen ser corajudas, industriosas y madres abnegadas. Además de superar a los hombres como administradores. Y la que no es bella, es flor exótica. Frutos de un sabroso mestizaje, ellas representan lo mejor de la raza cósmica (¿o cómica?).

El destino-petróleo marcaría el siglo XX venezolano. “La mierda del diablo”, llamaron los aborígenes aquella sustancia negra, pegajosa y hedionda que brotaba del subsuelo. El primer boom petrolero se produjo cuando se inicio su extracción y comercialización masiva por las transnacionales. Esa riqueza súbita le permitió al dictador General Juan V. Gómez “comprar todos los rebaños, apoderarse de todas las tierras, gratificar a los amigos, y complacer a los aliados”. Pero aquel dictador marrullero propició una inmigración de europeos: italianos, portugueses, españoles, alemanes, judíos, etc., que enriquecieron el país, desarrollaron la industria y diversificaron las costumbres.

Con el segundo boom de petrodólares, cuando se cuadruplicó su precio, en el segundo tercio del siglo XX, aumentaría la tendencia a la irresponsabilidad y al derroche. Actitudes atribuibles a la riqueza fácil, y a la violenta transición del país rural agrícola al país cosmopolita con pretensiones de industrializarse. Pero los petrodólares serían un destino maldito: políticos y empresarios enloquecieron de codicia, y nació la pregunta jocosa: “¿Cuánto hay pa’eso?”, y la corrupción devino en parte de nuestro folclor. La apatía cívica favorecería ese hedonismo lúdico, cínico, frívolo y sabrosón, que fascina a europeos incautos.

Con la abundancia presupuestaria se desmadró la corrupción política y empresarial, hubo proyectos faraónicos y becas generosas por millares. Caracas se convirtió en la capital gastronómica del mundo en las décadas del 70 y 80. Con el bolívar sobrevaluado, los venezolanos viajaron por Europa como nuevos ricos, y a Miami lo llamaban “El ta’barato, dame dos”.

Fue un tiempo de pleno empleo, y de inmigraciones masivas. Las empresas se “robaban” los obreros, ofreciéndoles regalías. De Cuba llegaron en aquellos años centenares de expresos políticos con sus familias, aún con olor a cárcel y tortura. A los insultos de Fidel Castro, el presidente Luis Herrera respondió campechano y risueño: “Los pueblos votan con los pies. De Cuba salen huyendo, a Venezuela quieren venir”.

Fue una prosperidad pasajera, subvencionada por el boom petrolero. Una receta para el desastre, tal cual hoy.

En 1989, después de 30 años de enemistad oficial, invitaron a Fidel Castro a Venezuela. Lo recibieron como al máximo héroe, y aplaudieron sus payasadas de tiranuelo con el mismo fervor con que aplaudían a las reinas de sus concursos de belleza. Una reina, la más linda, que fue alcaldesa de Chacao, llegó a encabezar las encuestas, como candidata a la presidencia en 1998.

Pero en aquellas elecciones vodevilescas de 1998, en otro ejercicio de frivolidad política, tiraron su democracia al basurero. Justo antes del tercer y el más colosal boom petrolero de su historia, a principios del siglo XXI, pusieron los destinos de su país en manos de un teniente coronel golpista y despótico, un mentecato enfermo de egolatría y protagonismo mundial, que se deja chulear por cubanos, argentinos, etc. Aquellos demócratas, adoradores de Fidel Castro, viven ahora el drama diabólico de su reencarnación venezolana. Y conocen de las amarguras del exilio y la incomprensión.

¿Mi copla preferida? La del llanero que canta con arrogancia:

Sobre la tierra la palma,
sobre la palma los cielos;
sobre mi caballo yo,
y sobre yo mi sombrero.

Pero si me preguntaran, ¿cuáles son las actitudes del venezolano que más te impresionaron? Como virtud, su bondad ingénita. Como carencia, su frivolidad y su incapacidad de sentir indignación. En fin, con su eterna “mamadera de gallo” se burlan de sus propias tragedias, y no voy a divulgar el origen erótico de la frase.

Por Benigno Nieto

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