Venezuela más frágil que nunca, por Eduardo Porcarelli

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Referencial

(02 de julio de 2016. El Venezolano).- Anteriormente este estudio se llamaba Indice de Estados Fallidos. Estados con su viabilidad comprometida por no poder atender apropiadamente la gobernabilidad, es decir, la atención de las necesidades básicas de la población.

Para suavizar el término de “fallido”, el estudio comenzó a llamarse hace tres años “Indice de Estados Frágiles” termino éste que tiene una connotación más positiva que la de “fallido”, pero no menos preocupante, porque lo frágil está sujeto a una posible ruptura, a un fácil deterioro, que en el caso de los Estados es impredecible.

Venezuela en la edición de 2016 de este estudio, cayó en relación al año pasado de la posición 75 a la 64, de 178 países (mientras más cerca del 1 el Estado es más frágil, y más cerca del 178, el Estado es más sostenible). La posición 64 era la que ocupaba Colombia en la edición de 2015, que para el 2016 pasó a la 67. Vale la pena recordar que en ediciones anteriores Colombia quedaba posicionada cerca de los Estados más frágiles y Venezuela en las posiciones intermedias.

El Indice de Estados Frágiles toma en consideración variables tales como: presiones demográficas, movimientos de refugiados, deseo de venganza entre facciones, fuga de talentos, desigualdad económica, pobreza, legitimidad del Estado, funcionamiento de los servicios públicos, seguridad, derechos humanos, imperio de la ley, etc.

Las situaciones de fragilidad de los 178 Estados medidos en el estudio oscilan en rangos que van desde: Alerta muy alta, pasando por Alerta Alta, Alerta, Advertencia Alta, Advertencia Elevada, Advertencia, Estabilidad, Mayor Estabilidad, Alta Estabilidad, Sostenibilidad, Mucha Sostenibilidad (Finlandia, por ejemplo).

Los países que están en situación de alerta máxima son: Sudán del Sur, Somalia, República Centroafricana, Yemen, Siria, y el Congo.

Venezuela junto a Haití son los Estados más frágiles de la región. ¿Pero porque somos frágiles?

Al analizar los resultados de las variables de este año con respecto a las del año anterior, desmejoramos en indicadores tales como: el deseo de agravio (tensión y violencia entre grupos), desarrollo económico desigual (producto de las diferencias entre grupos sociales), pobreza y declive económico, legitimidad del Estado (corrupción y perdida de la representatividad), servicios públicos, derechos humanos y cumplimiento de la ley, aparato de seguridad (cuando el monopolio en el uso de la fuerza que tiene el Estado es compartido con otros grupos), élites fragmentadas (sujetas a peleas destructivas por el poder).

Según este estudio, la mayoría de estas variables son las mismas que han signado la fragilidad de Venezuela en los últimos 10 años, destacando: el declive económico, la perdida de legitimidad del Estado, el deterioro de los servicios públicos, el cumplimiento de la ley y los derechos humanos, la fragmentación de las elites y el deseo de agravio entre grupos, en este mismo orden.

Cuando estos resultados, de este y otros estudios, salen a la luz pública inmediatamente saltan las voces descalificadoras.

Como si fuera muy difícil de entender que, por ejemplo, en Finlandia hay mucho mejor calidad de vida que en Venezuela, o que en muchos países latinoamericanos sus indicadores han mejorado, o que, comparando el 2016 con el 2015, la calidad de vida de los venezolanos desmejoró. Si bien todo estudio tiene cierta dosis de subjetividad, sobre todo en la ponderación de las variables objetivas, negar sus resultados, y no tener la humildad de reconocer los errores y enmendarlos solo contribuye a apalancar el deterioro.

Lo más importante que debemos entender como venezolanos en está difícil coyuntura, es que los países pueden mejorar o desmejorar, sobre todo en este último caso si se dejan a la deriva.

Ejemplos en la historia hay suficientes como para llenar miles de páginas. No hay país “condenado” al éxito, ni tampoco al fracaso. El esfuerzo de hacer un país es diario, sostenido, arduo y muchas veces desalentador.

Pero creo que lo que más debemos entender es que si los ciudadanos en conjunto con sus gobernantes, y líderes en cualquier área, esperan milagros y mesías para revertir mágicamente la curva del deterioro, sólo serán espectadores de más atraso y pobreza.

¿Cómo se cambia a un país? Primero cambiando usted mismo e inmediatamente después “predicando” con el ejemplo ese cambio positivo entre la gente que lo rodea, aun en medio del desaliento que da sentirse muchas veces solo, en medio de un silencio tenso e inquietante.

Eduardo Porcarelli / El Estímulo

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