Venezolanos toman la justicia por sus propias manos

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Referencial: notihoy

(24 de noviembre 2015. El Venezolano).- Los  altos índices de delincuencia en Venezuela han desatado la impotencia de los ciudadanos, las cifras reflejadas en las páginas de sucesos son cada vez más altas y los relatos más espeluznantes. La cotidianidad de la agresión se ha instalado a la par del hartazgo. En una sociedad controlada por hampones, los vecinos organizados buscan rescatar sus espacios, así sea a sangre y fuego.

En algunos sectores de Caracas la desesperanza, el miedo y la paciencia se agotaron, convirtiéndose en caldo de cultivo de una reacción que busca equilibrar la balanza, sin abandonar la misma lógica violenta. A falta de veladores públicos, de uniformados aliados, de estructuras policiales y judiciales que cumplan las garantías.

Los vecinos han comenzado a tomar la justicia por sus propias manos, castigando a quienes acechan en las comunidades y esperan la más mínima oportunidad para atacar y hacerse con lo ajeno o hasta con la vida de los habitantes.

Ahora, cada noche hay residentes en guardia, dispuestos a todo. “Una noche llegamos y fuimos asaltados al estacionar el carro. Los malandros se escondieron entre los vehículos y esperaban a cualquiera que llegara para atacar. Ese fue el detonante para nosotros mismos acabar con este acecho”, cuenta uno de los vecinos resteados, dispuestos a dar la cara ante el delincuente, pero no su nombre ante un periodista. No es miedo –dicen- pero saben que dar nombres y apellidos los retrata como un delincuentes más. Para ellos es mejor seguir en el anonimato. El vengador anónimo como protagonista de una vida más segura.

De hecho, el mismo punto que usaron los agresores para asaltar a aquellas víctimas, fue el primero que asumió el residente más fuerte y arriesgado para montar su primera guardia, en plena madrugada. Sus conocimientos policiales le daban ventaja. El cazador esperando a su presa.

Un día de septiembre de 2015 lo logró. Avistó a lo lejos cuando dos malhechores saltaban el muro de la urbanización para entrar a hurtar vehículos. “Los esperó en un lugar preciso y, cuando estaban a punto de saltar, hacia dentro les disparó en ráfaga. No sabemos si les pegó, pero esos malandros más nunca vinieron”, relata un vecino que atestiguó el evento.

Este es solo uno de muchos casos, desde entonces, esa suerte de trabajo vecinal, el colmo de la colectivización, se ha multiplicado en Caracas y, más allá, ha tenido reflejo en otros territorios. Por ejemplo, en Los Guayos, el tercer municipio más peligroso de Carabobo. En la urbanización Parque Midev, por ejemplo, los asaltos masivos a las viviendas obligaron a los residentes a reunirse y tomar iniciativa de seguridad. No confían en las policías porque, o son cómplices de los hampones, o nunca llegan cuando les hacen llamados de auxilio.

La nota completa en El Estímulo.com

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