Uno no entiende, por Leonardo Padrón

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(05 de mayo de 2016. El Venezolano).- Uno no entiende. Todos los analistas coinciden en que la única obsesión del chavismo es mantenerse en el poder. Pregonan que su caída tendría una consecuencia inmediata: cárcel para muchos de sus líderes. La corrupción los ha desbordado públicamente. Y por eso el gobierno le sube el volumen al autoritarismo, a la arbitrariedad, a la amenaza. Pero, ¿no sería una estrategia más sana para conservar el poder comenzar a hacerlo bien? La crisis económica es monumental, histórica, inédita, abrumadora. Los adjetivos no alcanzan. Y todos son oscuros. Entonces, ¿por qué no aplicar los correctivos que los especialistas sugieren todos los días, por todos los medios? ¿Por qué no ceder algunos centímetros en el dogmatismo y aplicar medidas que permitan atenuar el gravísimo desabastecimiento de alimentos y medicinas? Incluso, puertas adentro, algunos voceros del gobierno están francamente alarmados, entienden la magnitud del problema, pero confiesan que Maduro no los oye. Está sordo como una pared. Dicen que solo atiende los consejos de La Habana. Parece que le emociona repetir la historia que ha vivido Cuba, quizás le entusiasma replicar el sombrío Período Especial que vivió la isla socialista a principios de los 90. En rigor, Cuba aún no sale de esa forma de vida: la penuria.

Uno no entiende. ¿Por qué Maduro amenaza con destruir a la empresa privada más solida del país, la que ha hecho alarde de eficacia en sus 75 años de existencia, la que coloca en la mesa de cada venezolano los alimentos y bebidas más populares de su día a día? Hostigar a las Empresas Polar, negarle las divisas que les da a la competencia, escupirle amenazas en cadena nacional, mandarle fiscales a cada sucursal, en definitiva, querer arrasar con el buque insignia de la empresa privada nacional es una estrategia de una torpeza espantosa. Y por más que Lorenzo Mendoza proponga ideas y soluciones a la encrucijada económica, la respuesta es el agravio, el insulto, la difamación. Más aún, decidieron convertirlo en el villano mayor, en el ogro del cuento. Un recurso típico del régimen. El punto medular es que el cierre de Polar agravaría exponencialmente la crisis alimentaria. Sería terminar de hundirnos. ¿Y eso es lo que quiere Maduro para ese pueblo que tanto dice amar desde su entraña obrera? ¿Amplificar la hambruna es lo que un presidente en sus cabales debe hacer? No parece. No suena sensato. No es inteligente. ¿Y entonces?

Maduro se amamantó con los turbios brebajes de la ultraizquierda latinoamericana. Esa que desprecia por reflejo automático a la empresa privada, esa que sataniza a los ricos de cuna, que considera un pecado la meritocracia, que insiste en la lucha de clases, que le place que los humildes desprecien a las clases media y pudiente. ¿Es el dogmatismo mohoso de Nicolás Maduro el que nos va a sacar de la crisis más vergonzosa que hemos vivido alguna vez?

Las informaciones en la trastienda hablan de un quiebre inevitable del inventario de productos alimenticios, de una inflación que ya supera el 400%, de un sobreprecio del 8.000 % en los productos regulados que venden en la calle, del crujido total de las cadenas de abastecimiento. Eso lo saben dentro del gobierno. Y no hacen nada. No flexibilizan sus posiciones ni un milímetro. Los ministros que manejan la economía solo oyen diagnósticos, pero no actúan, no aceptan consejos. La soberbia ideológica los tiene inertes, congelados. Solo hablan de guerra económica. Es su estribillo, su excusa, tan absurda como sus convicciones. Motta Domínguez, su ministro de Energía Eléctrica, solo se afana en aplaudir cada pequeño aguacero que ocurre en el país. Dios. Esa es su estrategia, su medida técnica. Todos lo gritan a voz en cuello: el gobierno está integrado por gente que no sabe de economía. Su especialidad es repetir consignas contra el imperio, ocupar las primeras filas de cada cadena presidencial y llenarse los bolsillos de dinero. Parece que esa es la verdadera doctrina que rige al gabinete de gobierno: la corrupción. Se habla de guisos estrambóticos, de fortunas personales incalculables, de un saqueo masivo de las arcas del país. Quieren preservar el poder, quieren no ir a prisión, quieren más y más dinero. Ni siquiera, por la emergencia nacional, calman su gula y su voracidad.

Mientras tanto, las cuchilladas contra la empresa privada se incrementan. De forma salvaje. Sin escrúpulos. Sin un átomo de cordura. Maduro, juran algunos cercanos, no escucha a nadie. Y en paralelo el país se hunde, se queda sin luz, sin comida, sin medicinas.

Se supone que un presidente quiere pasar a la historia con cierta decencia. No como el protagonista de un apocalipsis. Uno no entiende el suicidio masivo al que nos lleva Nicolás Maduro. Pero él  sigue manejando su autobús hacia el abismo, sin freno, con todo un país adentro.

Insisto. Uno no entiende.

Por: Leonardo Padrón / Caraota Digital

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