¡Última llamada!, por Luis Prieto Oliveira

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(14 de septiembre 2016. El Venezolano).- En los aeropuertos y en las estaciones de tren de los países bien organizados, es frecuente escuchar, a través de amplificadores casi siempre ininteligibles, un aviso que comienza con la frase: “Última llamada”, para referirse a los pasajeros de un vuelo o tren, indicándoles que su vehículo está a punto de partir y que es la última oportunidad que tienen para abordar su vuelo o tren. En Venezuela, donde nuestro genio nacional está siempre dedicado a hacer acrobacias en el filo del último segundo, estamos acostumbrados a no hacer caso de tales anuncios, porque “estos tipos siempre tratan de meternos miedo, cuando hay tiempo sobrado”.

Ahora, sin embargo, no es un anodino altoparlante el que está dando el ominoso mensaje, sino todo un pueblo que se está movilizando para reclamar sus derechos y grita “Si no ocurre legalmente el referendo revocatorio antes del fin de este año, tendrán que abordar el vuelo especial de Averno Airlines, con destino al infierno, sin escalas”. El pueblo, a diferencia del gobierno, nunca amenaza, sino que decide actuar, y una vez iniciado ese movimiento, no se detiene. Llovera Páez le recomendó a su compadre Pérez Jiménez, en la tarde del 22 de enero, “Marcos, vámonos, porque el pescuezo no retoña”, con lo cual dio implícito reconocimiento a este axioma de la lucha popular. El “gordito” del Táchira abordó su Vaca Sagrada y fue a parar la carrera en aquella tristemente recordada Ciudad Trujillo de su amigo Chapita.

No se necesita un PhD de alguna prestigiosa Alma Mater extranjera para darse cuenta de que el Referendo Revocatorio, que se articula en el artículo 72 de la Constitución de 1999, fue incluido por expresa petición de Hugo Chávez, quien todavía tenía ilusiones de ser un gobernante democrático y decía: “Si no cumplo mis promesas, el pueblo tiene el recurso de solicitar un referendo revocatorio contra mi” Por supuesto, luego de la huelga general de diciembre de 2001, convocada por la CTV y Fedecámaras y las crecientes marchas de 2002, que culminaron el 11 de abril de ese año, con los resultados que hoy vemos con una mezcla de depresión y disgusto que yo mismo llame Deprechera en un artículo publicado en este mismo medio de comunicación en mayo de 2002, el gobernante se dio cuenta y comenzó toda una estrategia para desvirtuar la promesa constitucional.

Lo primero fue una sentencia del TSJ que interpretaba el artículo 72 y transformaba a un referendo revocatorio, en el cual votarían solamente los que estaban de acuerdo con derogar el mandato del presidente, en un plebiscito, en el cual se debía votar a favor o en contra. Por eso, aunque la oposición obtuvo más votos que los que eligieron a Chávez en 2002, que era la condición primigenia del constituyente, se contaron reales o supuestos votos a favor y se le declaró indemne. Con esta pantomima, se atrasó una solución pacífica, después de que el pueblo en la calle, sufriendo la agresión de mercenarios del gobierno, había logrado el objetivo de que renunciara el mandatario, solo para ser traicionado por una tragicomedia de varios golpes de estado liderados por militares y un fallido intento de autoproclamación sin apoyo político.

Desde entonces han pasado 12 años y ha corrido mucha agua, y sangre, bajo los puentes. La oposición, con una férrea unidad electoral ha logrado un fuerte crecimiento hasta el punto de obligar, en 2013, a maniobras desesperadas del gobierno para imponer a Nicolás Maduro como presidente, con una ventaja de poco más de 1% de los votos, aunque no se resolvieron diversas impugnaciones que habrían anulado más de 600 mil votos al gobierno.

El nuevo gobierno ha sido más agresivo y violador de los derechos humanos que su antecesor y sus medidas han llevado al país a una insondable crisis humanitaria de producción, alimentación medicamentos y estructuras de producción e infraestructuras viales y de servicios públicos, con severos racionamientos de electricidad, agua y recogida de desechos sólidos: no hay ningún sector que funcione, aunque sea medianamente mal y el clima de insatisfacción y desesperación se mide por el crecimiento de las protestas, sobre todo en sectores que siempre habían sido fieles al “Comandante Eterno”. Este clima, y la lucha denodada de la oposición unida, llevó a un resonante triunfo electoral en diciembre del año pasado, con una Asamblea Nacional dominada por la oposición con más de dos tercios de los diputados.

ElVenezolano

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El régimen, en ese momento, tenía la posibilidad de negociar una salida, crear un camino de transición que condujera a una nueva situación política y salvara, en la medida de lo posible, la herencia de estos 17 años. Sin embargo, ha reaccionado con una torpeza inaudita para agudizar la crisis y reducir constantemente el apoyo popular para el gobierno y su partido. Hoy el mandatario y su combo no disponen ni de 15% de respaldo y todas las encuestas arrojan apoyos a la oposición cercanos a 80% de los votantes. Se ha empeñado en paralizar y demonizar a la Asamblea Nacional, olvidando que este es el poder que representa de manera más cabal la voluntad soberana del pueblo venezolano.

Ahora su apuesta es retardar la recolección de firmas y abroquelarse en una revisión “exhaustiva” de los cuadernos para impugnar firmas y discutir detalles, con el objetivo de que el revocatorio se produzca después del 10 de enero de 2017, en cuyo caso Maduro sería revocado, pero su vicepresidente quedaría en ejercicio para cumplir el resto del período.

La oposición enfrenta un momento crítico, porque sus acciones pueden hundir aun más al país en una debacle inenarrable, pero no puede cejar en su empeño de revocar a Maduro y provocar nuevas elecciones en el primer trimestre de 2017. El objetivo de estos días con movilizaciones multitudinarias en todo el país, es obtener la fecha para la recolección de las firmas. Se requiere 20% del padrón electoral, que serían unos 4 millones de personas que consignen, con firma y huella, su decisión de solicitar el revocatorio.

Ahora bien, para ponernos en el plano de las hipótesis: ¿Qué pasaría si, en esos tres días asignados a la recolección de las firmas, la oposición lleva a las mesas habilitadas a 8 millones de votantes y el oficialismo apenas 2 millones?. Si esto ocurre antes del 10 de enero, como es presumible, se produciría una situación irreversible, porque el actual presidente tendría, sin la menor duda más solicitudes de revocatorio que votos obtuvo para ser electo. Este hecho deslegitima totalmente su mandato, independientemente de que se celebre el referendo y sea oportuno. El gobierno, como es muy probable, desdeñaría está situación y reforzaría, o intentaría hacerlo, las medidas represivas, las prisiones, torturas, muertes y secuestros, con lo cual quedaría aún más en evidencia frente a la comunidad internacional y, lo que es más grave, frente a la colectividad nacional. Si ahora es un gobierno impresentable, pasaría a ser espurio y su mandato írrito, organizaciones internacionales y gobiernos le podrían retirar el reconocimiento y sería una especie de leproso al que no aceptarían ni por la ventanilla trasera. ¿Podría gobernar Maduro en esas condiciones? ¿Tendrían sus actuales soportes militares el atrevimiento de enfrentarse a la totalidad del pueblo y, con ello, firmar su sentencia de desaparición?. Los únicos soportes incontestables que tiene ahora, Cuba, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, no tienen fuerza ni pueden ayudarlo en este trance. Lo más seguro es que, si eso ocurre, se genere un movimiento militar de baja graduación que exija y obtenga la renuncia del presidente, que produciría el mismo efecto que el RR, a un costo mucho menor de esfuerzo y sacrificio nacional. Por supuesto, este movimiento no puede implicar un gobierno militar, sino el paso del gobierno al presidente de la Asamblea Nacional y el cumplimiento de lo dispuesto en la Constitución, que es la convocatoria a elecciones dentro de un lapso de 30 días de calendario.

Es posible que, para garantizar un período electoral, sea necesario dar paso a la renovación del CNE y del TSJ, para evitar inconvenientes y facilitar el libre ejercicio del sufragio. También deben darse garantías a los funcionarios, tanto civiles como militares, de que serán sometidos a juicios justos, por jueces probos.

Este escenario me recuerda a mi antiguo profesor de literatura en el Liceo Andrés Bello, Manuel Rodríguez Cárdenas y su poema “Habladurías” que en sus versos finales nos dice

Pero ¿ónde está esa tierra,
negro mojino,
que ya casi nos tienes
la boca aguá?
Por supuesto, nosotros no contestaremos como el poeta, que esas “son puras invenciones pa conversá”


Luis Prieto Oliveira/ El Venezolano

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