¿Qué pasó en Estados Unidos? por: Leopoldo Martínez

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Foto: AFP

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(12 de noviembre de 2016. El Venezolano).-  El resultado electoral de los Estados Unidos es multicausal y sorpresivo. Hasta el mismo Donald Trump creo que está sorprendido. En esta nota abordaremos tres factores relevantes para explicar lo sucedido, para, además, allegarnos a tres conclusiones con respecto al desafío que se avecina.

Hillary Clinton logró ganar el voto popular con el 48% (60,274,974) de los sufragios, contra 47% (60,071,000). Pero perdió el voto en el sistema del colegio electoral: 320 contra 228 (se necesitan 270 votos para ganar). Johnson (Libertario) y Stein (del Partido Verde) sumaron 4%.

Trump no solo obtuvo menos votos que Hillary Clinton en todo el país, sino que también obtuvo menos votos que Mitt Romney en las elecciones de 2012 y casi la misma cantidad de votos que John McCain en 2008. Es decir, el partido republicano decreció su caudal y respaldo con Trump. Por su parte, Hillary ganó el voto popular, pero con menos sufragios que Obama en ambas elecciones (9 y 5 millones de votos menos que Obama en 2008 y 2012, comparados respectivamente). En síntesis, hubo menos participación y Clinton logró conquistar el favor de los electores independientes en la proporción que lo hizo Obama. Una de las audiencias con mayor abstención electoral fueron los milenials.

Al cierre de la campaña, sabíamos que Clinton y los demócratas lograrían ganar con el voto hispano el estado pendular de Nevada y que Hillary perdería el estado, también pendular, de Ohio. Eso dejaba a Trump con un solo camino a la presidencia: tenía que ganar Florida, recuperar Carolina del Norte y Wisconsin, dos estados tradicionalmente republicanos, donde su radicalismo y conflicto interno con el partido estaba ofreciendo una oportunidad de triunfo a Hillary (Wisconsin había votado dos veces por Obama, pero Carolina del Norte, solo en 2008, gracias a la movilización impresionante del voto afroamericano). Y lo más improbable de todo, tenía que ganar Michigan y Pensilvania. Estos dos estados han votado por el Partido Demócrata durante décadas y solo se recuerda que lo hayan hecho por un republicano con Ronald Reagan y Bush padre (quien siendo su vicepresidente cabalgó sobre el liderazgo de su presidente).

Ganar Pensilvania y Michigan era muy poco probable y todas las encuestas indicaban que Clinton ganaba con márgenes más estrechos que los históricos del partido. En esos dos campos de batalla se enfocaron ambas campañas las últimas dos semanas, y allí cerraron el día lunes ambos candidatos. Al final, Trump ganó en ambos estados por un margen de menos del 1%. Es decir, Trump obtuvo la presidencia por margen mínimo en dos estados tradicionalmente demócratas, que le dieron la ventaja en el colegio electoral, y perdió el voto popular nacional.

Sin entrar a analizar elementos de coyuntura, como los inexplicables y criticados pronunciamientos del director del FBI en las dos semanas finales, o factores estructurales, como la participación y preferencias de los contingentes demográficos de electores, mencionaremos lo que a nuestro juicio definió la elección de Trump.

Trump pudo galvanizar y movilizar al extremo de mayor rendimiento electoral al votante blanco, particularmente el de menos educación, y a los más conservadores en lo social, con la retórica antiinmigrante. Sus extravagantes y peligrosos comentarios en materia de política exterior o lucha contra el terrorismo, su ataque a los latinos y sus posturas alineadas al fanatismo religioso (sobre todo, las de su candidato a vicepresidente) en cuestiones como el aborto y la negación de los derechos alcanzados por la comunidad LGBTQ. Eso compactó la base republicana, a pesar del resentimiento de sus líderes, incorporó nuevos votantes del sector rural, pero no incrementó la participación electoral total. La optimización del voto rural, concurrente con la disminución de la participación de electores más proclives a votar por demócratas, fue determinante. Obama es uno de los presidentes salientes más populares de la historia de Estados Unidos, pero no pudo endosar su 55% de apoyo a Clinton, a pesar de que una presidencia de ella habría sido la mejor forma de proteger y continuar su legado.

Pero detengámonos en Michigan y Pensilvania, donde Trump alcanzó las victorias que le arrimaron el colegio electoral, comenzando con un poco de historia. El ultimo líder republicano que sumó estos estados a la cuenta de su elección (y a la de su sucesor, el primero de los Bush) fue Ronald Reagan, venido del mundo del cine y gran comunicador. Había sido demócrata toda su vida, pero se hizo republicano y conquistó para ese partido la Gobernación de California y luego la Presidencia. Hablaba un lenguaje conservador en lo económico, aunque comprometido con el nacionalismo económico, consistente con su postura férrea contra la hoy extinta Unión Soviética, en plena guerra fría. Y también era incluyente en algunos asuntos sociales. Por ejemplo, como presidente aprobó una amnistía migratoria que abrió el camino a la ciudadanía a millones de inmigrantes. Bajo su liderazgo surgió un electorado que los encuestadores y analistas llamaron “Reagan Democrats”. Por eso era viable en California y ganaba en estados como Michigan y Pensilvania, sumando un contingente de electores demócratas.

Michigan y Pensilvania integran el llamado eje industrial del Mid-West de Estados Unidos. Son estados tradicionalmente demócratas por el peso de los sindicatos y porque en torno al desarrollo de sus principales ciudades (Detroit y Marquette, en Michigan; Filadelfia y Pittsburgh, en Pensilvania) se produjo un tejido social diverso en lo racial y cultural, más cosmopolita, donde el peso de la religión tiende a restar espacio al pensamiento más conservador para abrir paso a ideas progresistas. Más allá de esos enclaves urbanos y suburbanos, ambos estados son profundamente rurales, en ellos no hay diversidad étnica y prima un profundo conservatismo cristiano. Son mundos aparte, uno totalmente blanco, conservador y religioso; el otro diverso, progresista y cosmopolita (esto es, menos religioso o religiosamente tolerante y, por tanto, claro en que la religión tiene un espacio que no puede imponerse en lo político).

El Partido Demócrata ha mantenido una profunda conexión con la diversidad de los enclaves urbanos y suburbanos, pero ha perdido fuerza en los sindicatos, al tiempo que ha tomado cuerpo el nacionalismo económico que aboga contra la globalización y el libre comercio. Es, de hecho, el único punto de contacto entre el discurso de Trump y Bernie Sanders. Trump lo hace en un tono xenófobo; Sanders dice que los tratados de libre comercio deben condicionarse a que los países con los que se hacen los acuerdos tengan los mismos estándares laborales y ambientales que se imponen en los Estados Unidos. El presidente Obama ha tenido una posición proactiva en materia de libre comercio. Su pensamiento, en casos como el tratado del Pacífico, es alcanzar las mejores condiciones laborales y ambientales desde espacios de colaboración, protegiendo también otros intereses prioritarios como los derechos de propiedad intelectual e industrial, y asumir el liderazgo del mercado, porque de lo contrario lo ejercería China. Clinton quedó atrapada en una dinámica peligrosa, pues se le percibía como comprometida con una posición parecida a la de Obama y Bill Clinton, cuando éste ejerció la presidencia.

En este contexto, regresemos a lo electoral: Trump movilizó a los sectores rurales de Pensilvania y Michigan con una narrativa inscrita en la visión supremacista blanca y cristiana. Y arrebató un porcentaje cercano al 9% del voto tradicionalmente demócrata, principalmente en blancos mayores de 45 años de la clase trabajadora que, teniendo empleo o encontrándose subempleados, desean el tipo de trabajos del sector industrial. La realidad es que ese tipo de empleos quizá no regrese, dada la transformación de la economía norteamericana en el marco de la globalización. Pero ni en situación de pleno empleo se puede pedir a esos sectores que dejen de ver el pasado como algo mejor que el presente. El mensaje “Make America great again” evoca esa nostalgia reaccionaria al cambio social o económico que tienen los sectores que se conjugaron en Michigan y Pensilvania para voltear el resultado estrechamente a favor de Trump, maximizando el voto rural y debilitando el llamado “escudo azul” en los enclaves urbanos. Esto, a pesar de la exitosa política de salvamento de la industria automotriz y el apoyo durante la bancarrota de Detroit ejecutados por Obama.

Ahora bien, sumados por esa vía los votos electorales, entramos en la cuestión del colegio electoral. En todas las democracias del mundo, Hillary sería hoy presidenta, pero no en la de Estados Unidos. Es un sistema de elección a dos grados solamente para la elección del presidente, desde la fundación de la república por definición constitucional. Mucho se ha argumentado que ese sistema es necesario para preservar el federalismo, porque de otra forma se impondrían los estados con mayor población, pero eso no es así aun cuando en la práctica los amplios márgenes de votación que obtiene el Partido Demócrata en California y el noreste (Nueva York, Connecticut y Massachusetts) serían suficientes para obtener ventaja en el voto popular. De hecho, de allí viene el margen que le permite a Hillary Clinton ganar el voto popular.

Y no es cierto que el sistema del colegio electoral preserva el federalismo, pues la institución prevista para ello es el Senado. La verdad histórica es otra. El sistema del colegio electoral fue incorporado a la Constitución porque los fundadores de los Estados Unidos tenían reservas sobre la conveniencia del voto directo. En aquellas realidades era posible imaginar el fracaso del experimento federal si los estados con mayor población se imponían en la elección del presidente, en un contexto donde ninguna otra institución era tan fuerte como la Presidencia. No es este el momento de continuar con más detalles históricos, baste recordar los discursos de James Madison y Alexander Hamilton, de cara a la elaboración de la Constitución.

Madison hablaba de “fracciones” cuyos “intereses” atentaban contra los derechos de “otros ciudadanos”, imponiéndose la tiranía de la mayoría. Y Hamilton escribió, en Los Papeles Federales, que el sistema estaba diseñado para que la Presidencia nunca recayera en una persona evidentemente no dotada de las calificaciones necesarias para ejercerla. Curioso que en esta oportunidad ha facilitado exactamente lo que muchos (dentro y fuera de Estados Unidos, incluyendo académicos, científicos, premios nobel) piensan que eso es exactamente lo que ha pasado.

De hecho el sistema del colegio electoral garantizó durante 40 años que la Presidencia no saliera de las manos de las élites de Virginia y Massachussets; y de los primeros seis presidentes, cuatro eran oriundos de Virginia (Washington, Jefferson, Madison y Monroe) y dos de Massachussets (John Adams y su hijo John Quincy, quien se impuso a Jackson contra la mayoria del voto popular por la vía del colegio electoral). Varias veces en la historia el voto mayoritario no sirvió para elegir al presidente en el sistema del colegio electoral.

En la era moderna, esto ha ocurrido dos veces para imponer sobre el voto popular a George W Bush, en 2000 (tras una impugnación de los resultados electorales en Florida que lo favorecieron), y ahora a Donald Trump. La experiencia de las presidencias sin el favor del voto popular nunca ha sido buena, o al menos ha resultado en presidencias controversiales o de un solo periodo. Es lo que ocurrió en el pasado. George W Bush pudo reelegirse en la Presidencia, pero es quizás una de las administraciones más opacas de la era moderna, con el saldo infructuoso del monumental error de la guerra en Irak, y la recesión económica más grave experimentada por el país desde la gran depresión de los años 30.

Con base en la experiencia histórica, no es posible hacer buenos augurios para Trump. Probablemente, lo más sensato es abrir un debate sobre la necesidad de enmendar la Constitución para abolir el sistema del colegio electoral y permitir la elección universal y directa del presidente de los Estados Unidos, como ocurre con todos los demás cargos ejecutivos y legislativos del país, a todo nivel, federal, estadal y local.

En síntesis, este análisis nos conduce a extraer unas conclusiones.

Primero: Nadie cuestiona la constitucionalidad de la elección de Trump, pero sí la conveniencia de mantener el sistema de elección presidencial en segundo grado.

Segundo: Trump asume una presidencia sin mandato programático claro. Pensar que la mayoría apoya sus ideas violenta la soberanía popular. Actuar como si la tuviese asoma grandes tensiones sociales y una presidencia de 4 años.

Tercero: Trump ganó como expresión del elector blanco, con mayores y sorprendentes márgenes entre los electores blancos con menor nivel de educación y más conservatismo religioso. Perdió ampliamente el voto de las mujeres, los latinos, los afroamericanos y los jóvenes, poniéndose a contrapelo de lo que la mayoría aspira el terreno social, donde priva una visión más incluyente que la que existe en los sectores rurales.

Además de las tensiones raciales y de orden social que plantea la agenda reaccionaria de Trump, su denuncia abierta a los tratados de libre comercio fue fundamental para la victoria. Y ese es precisamente uno de los asuntos que más lo distancia de la plataforma republicana que controla ambas cámaras del Congreso, mayoritariamente proclive a los acuerdos de libre comercio. El Partido Demócrata tiene una fisura frente al asunto, que deberá resolver a la luz de estos resultados. ¿La visión de Obama o la de Sanders? Cuestión muy importante para la agenda del Partido Demócrata y del país.

Entretanto, Trump está encaminado a la transición de poder que lo llevará a la Casa Blanca en enero. Pero los miedos y las tensiones desatadas por su retórica ya están en la calle, en escuelas y en lugares públicos entre latinos, afroamericanos, musulmanes americanos o parejas y matrimonios gay. Hay mucha ansiedad y poca felicidad con el resultado electoral. Se sabe y se siente Trump será presidente, pero que no representa a la mayoría.

Por: Leopoldo Martínez / IQ Latino.

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