¿Nos rendimos?, por César Miguel Rondón

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AFP PHOTO / LUIS ROBAYO

Referencial

(16 de septiembre de 2016. El Venezolano).- Leo una nota por demás interesante en Konzapata.com: “El vicepresidente de la república Aristóbulo Istúriz reveló que la Toma de Caracas transcurrió en paz porque “alguien conversó”. Sin embargo, aquel cónclave no solo sirvió para acordar las medidas de seguridad que se ejecutarían el 1 de septiembre, sino que también fue utilizado para transmitir un mensaje desde la Fuerza Armada Nacional”.

Aparentemente, según la nota, se sentaron a dialogar, pero por “razones logísticas”, el general Néstor Luis Reverol, Ministro del Interior, Justicia y Paz, y el Alcalde de Caracas, Jorge Rodríguez, por el gobierno. Y por la MUD Carlos Ocariz, Freddy Guevara, Luis Aquiles Moreno y Enrique Márquez. El intercambio giró en torno a los detalles de la jornada. Las distintas rutas que recorrerían las fuerzas políticas y el despliegue de seguridad que se ordenaría para evitar confrontaciones. Gracias a esa reunión, según se infiere de lo leído, no hubo mayor desborde ni enfrentamiento, tampoco violencia.

Ayer decíamos que hablando se entiende la gente. De alguna manera, pues, ese diálogo que está tan complicado, tan “rayado”, para decirlo coloquialmente, ha dado frutos en algún momento. El encuentro citado sería la prueba. Pero lo que realmente llama la atención de la nota es que Reverol aprovechó la reunión para reclamar los ataques de que han sido víctima él, en particular, y la Fuerza Armada en general. Ya antes le había reclamado a Ramos Allup, exigiéndole respeto “ante su dialecto y gesticulaciones escatológicas”. Precisa Konzapata.com: “En el encuentro con los delegados opositores, el titular de Relaciones Interiores, que es investigado por narcotráfico en Estados Unidos, insistió en este asunto y rechazó las críticas contra el componente armado”. De forma que está bravo el general Reverol y no acepta críticas a la Fuerza Armada y mucho menos a su persona.

El detalle está en que estamos rodeados de militares. Como si los militares nos hubieran declarado una guerra a los civiles. ¡Ríndanse que están rodeados!, podrían gritarnos. Hay un acoso tal contra la población civil que esto se ha desbordado al parecer de manera irreversible.

Cuando usted repasa los rostros importantes del régimen y repara en que el Ministro del Interior es un General, como también lo es el Ministro de Alimentación, y que el General en Jefe y Ministro de la Defensa, más allá de las funciones propias de su cargo, está encargado del abastecimiento de alimentos y medicinas, entiende que estamos en manos de militares. Por si fuera poco, al frente de la Inspectoría General de las Fuerzas Armadas, un cargo estrictamente militar por su propia naturaleza, colocan al cuestionado general Carlos Osorio, pero no para que se encargue de las cuestiones militares que le serían pertinentes, sino del abastecimiento de alimentos. Por lo visto, la estrategia de guerra –para decirlo en sus términos– ha funcionado: invadieron y se han apropiado del mundo civil. Nos tienen rodeados y nos amenazan de todas las maneras posibles, empezando por el hambre.

Los uniformes verde oliva, concebidos para el camuflaje de guerra, ya perdieron sentido. Ver al general Padrino López con su gorra, su uniforme y sus botas de campaña bien pulidas, rodeado de bolsas de los CLAP es un contrasentido. Las fotos lo muestran dándole órdenes a su subalterno, el general Marco Torres, que se acuclilla ante su palabra. La Gran Misión Abastecimiento Seguro y Soberano, sin haber arrancado, ya presenta fallas importantes. Los generales, entonces, anuncian un nuevo plan, otra estrategia de batalla y llaman a la prensa para el anuncio inútil y tomarse las fotos. El problema que tienen por delante es sumamente grave: los militares tienen que darnos la comida que ellos mismos, por impericia, mal manejo gerencial y sobre todo corrupción, nos quitaron.

Antes de los militares nos alimentábamos bien, después de ellos ya no más. Estamos rodeados, el detalle está en si nos rendimos o no.

Por César Miguel Rondón/ El Nacional

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