Me declaro en estado de emergencia, por Emiro Albornoz

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Foto: ciz.org.ve

(27 de enero de 2016. El Venezolano).-  No es chiste ni ganas de fastidiarle la vida a nadie, y mucho menos a la hermosa y bonita revolución bolivariana, que es lo mismo que Socialismo del Siglo XXI y bla bla bla, pero ante la enojosa situación en la cual me he visto envuelto en los últimos tiempos, y observando que los Médicos  piden estado de emergencia sanitaria por la revolución de las enfermedades, el pueblo reclama emergencia humanitaria por el hambre y la escasez de alimentos, emergencia automotriz por la falta de repuestos y partes para vehículos, emergencia farmacéutica porque no hay medicamentos, y no se podía quedar atrás Nicolás Maduro, pidiendo emergencia económica, a la cual la Asamblea Nacional le sacó las dos manos y le hizo la señal de costumbre, este cronista ha decidido declararse en emergencia general.

Resulta que desde hace cerca de dos meses en mi casa no comemos más que carne (cuando se puede) porque al  pollo después de beneficiado en los mataderos, anda por los aires y su precio es inalcanzable, y no se consigue por ningún lado.

Si lo ubicas, un pollito de dos y medio kilos, que viene quedando en dos una vez que se descuera y se le sacan los dos hígados, tres corazones, dos mollejitas (vaya fenómeno) y un trozo de hielo en que se convierte el agua que le meten al empaque, cuesta 2 mil 250 bolívares que son un poco más de siete salarios mínimos diarios. Completar el almuerzo con alguna sopita, plátanos y arroz, viene teniendo un costo de tres mil bolívares, lo que indica que si todos los días uno se comiera un pollito en su casa, se necesita para almorzar diez salarios mínimos diarios, 96 mil bolívares al mes. El triste salario mínimo es de 9.600 bolívares.

El Cendas, un organismo económico que lleva los números de la inflación en Venezuela, aaba de ubicar la canasta básica en 140 mil bolívares mensuales lo que significa que a un grupo familiar le hacen falta 15 salarios mínimos para poder sobrevivir en este país petrolero. Vaya paradoja.

Desde hace algún tiempo no tenemos desodorante y debo confesar que a mí, particularmente, se me mueren muy rápido los enanitos, pero gracias a Dios no me han colapsado los sobacos por el uso de algunos remedios caseros. En esto día me copié de un invento que pasaron por las redes ara tener “desendiondante”: agarré un frasco de desodorante Mum bolita vacío, le quité la bolita y le acomodé medio limón en la punta bien pegado al recipiente con una pega y me lo froto y hago la idea que es Mum, y eso funciona.

No tenemos champú anticaspa y tengo que hacer lo que tanto odié en mi vida, desde muchacho, usar el jabón de panela como si fuera champú para que no se le pudra a uno la cabeza.

No tenemos crema dental y utilizo todo tipo de remedios caseros, desde agua de sal con limón, pasando por bicarbonato de sodio, para contener el mal aliento que causan las bacterias asociadas con la masticación de alimentos.

No tenemos jabones de baño , y nuevamente obligado a usar el bendito jabón de panela, que lo delata a uno de haberse bañado con jabón las llaves,  o el jabón líquido que venden por galones o botellas plásticas que causa serios problemas en las partes delicadas del cuerpo. Pero tampoco se consigue jabón de lavar.

No hay papel higiénico y no se puede describir o relatar las cosas que hay que hacer para  mantener el aseo del cuerpo en los casos de las necesidades fisiológicas. Lo que sí les puedo asegurar es que en ese momento me recuerdo del responsable de esta situación y muchas veces hay que utilizar papel periódico mojado procurando que tenga la cara del susodicho o interfecto.

Las mujeres no tienen toallas sanitarias y aquella infeliz propuesta revolucionaria de hacerlas caseras y lavarlas para reutilizarlas se quedó en para idea, muy mala por cierto.

Por todo esto, me declaro en emergencia general esperando el feliz momento cuando Maduro tenga el guáramo de renunciar a la presidencia de la república por inepto e incompetente,  y este país comience a buscarle salidas a la catástrofe en que nos han metido.

Escrito por: Emiro Albornoz

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