De los Objetivos del Milenio a la Agenda para el Desarrollo 2030, por Leopoldo Martínez

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(12 de marzo de 2017. El Venezolano).- Las primeras páginas del informe presentado por el secretario de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, sobre los logros alcanzados por los Objetivos del Milenio al 2015 –que fue la fecha a la que se comprometieron los países firmantes en el año 2000–, tiene noticias alentadoras. Se dice allí, por ejemplo, que el número de personas que vive en condiciones de pobreza extrema se ha reducido a la mitad: de 1900 a 836 millones, aproximadamente. Un comportamiento semejante presentó la tendencia de la desnutrición: se redujo de 23,3% a 12,9%.

El objetivo de “Lograr la Enseñanza Primaria Universal” pasó de 83% a 91%. La cifra de niños que no asiste a la escuela, bajó de 100 millones a 57 millones. La alfabetización de jóvenes entre 15 y 24 años ha aumentado de 83% a 91%. El tercer objetivo, de aquella lista de ocho, “Promover la Igualdad de Género y el Empoderamiento de la Mujer”, presenta un importante resultado: se han emparejado las cifras de asistencia a la escuela en niñas menores de 15 años, con las de los varones. Otro dato de interés: en 90% de los países, las mujeres han aumentado su presencia en los parlamentos.

El cuarto objetivo, de reducción de la mortalidad en menores de 5 años, ha bajado a la mitad. Más significativo aún: a pesar del crecimiento de la población, la tasa de fallecimientos anual ha pasado de 12,7 millones en 1990, a 6 millones en 2015. El quinto objetivo, mejorar la salud materna, también presenta mejores cifras: una disminución de las muertes de 45% entre 1990 y 2015. No me referiré a datos concretos en los objetivos 6 y 7, relativos a la salud y el medio ambiente, que también presentan algunos indicadores favorables.

Una revisión de “Fomentar una Alianza Mundial para el Desarrollo”, el octavo y último de los Objetivos del Milenio, revela que sus indicadores son inciertos. El que se reconozcan los avances es solo una cara de la cuestión. La otra, es que en el planeta entero, la pobreza sigue siendo muy grande y terrible. Pero además, y esto es quizás lo más importante, es que entre 2000 y 2015, otros factores, no contemplados en los Objetivos del Milenio, han incidido de forma negativa en la vida de la mayoría de los habitantes del planeta.

En primer lugar, la desigualdad dentro de los países y entre ellos: la brecha entre ricos y pobres no ha parado de aumentar en los últimos años. Ha crecido el desempleo y el empleo precario. En América Latina, por ejemplo, el número de mujeres afectadas por la pobreza es mayor que el de hombres. Los retos de América Latina, en el marco de los objetivos del milenio, son de gran magnitud.

Para reducir la pobreza, los países de Latinoamérica están en la necesidad de sostener niveles promedio de crecimiento entre 7% a 9% interanual, de forma sostenida por más o menos 2 décadas. En el caso de Venezuela, Cuba o Haití el desafío es mucho mayor por el cuadro precario en el que se encuentran con respecto al resto de la región. Esto no es fácil. Durante la recién llamada década estelar de Latinoamérica, incluyendo su resiliencia a la crisis global de 2008, el promedio de crecimiento en la región no alcanzó niveles superiores a 4%, aun cuando países como Perú alcanzaron niveles interanuales de expansión económica superiores al 7%. Todo esto fue producto fundamentalmente del “boom” de los precios de la materia prima impulsado por el consumo y crecimiento chino. En las realidades actuales, y sin muchos valores agregados, crecimiento industrial o innovación, la región se proyecta crecer, en el mejor de los casos, 2% interanual. Las presiones sociales pueden, por primera vez en un par de décadas, poner en riesgo los equilibrios fiscales y macroeconómicos que habían alcanzado, con excepción de Venezuela, la mayoría de los países de la región.

A todo lo anterior, hay que agregar las guerras y conflictos desatados en los últimos años, algunos de ellos casi incontrolables, que han derivado no solo en procesos migratorios masivos, sino en movimientos de millones de refugiados, que han causado una verdadera crisis política dentro y fuera de Europa.

El documento de 25 de septiembre de 2015, aprobado por la Asamblea General de Naciones Unidas, y que contiene la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, es dolorosamente emblemático de las dificultades que afronta la humanidad entera para los próximos años. Ni siquiera su lenguaje técnico y diplomático, sirve para ocultar las condiciones de adversidad en las que vive no menos de la mitad de los habitantes del planeta. Pero como bien dicen miles y miles de actores, personas e instituciones comprometidas con la lucha por un mundo más justo, hay que seguir. Continuar en los esfuerzos. No entregarse a las dificultades sino sobreponerse e ir a por la conquista de nuevas metas.

La Agenda 2030 contiene 18 puntos, presentados como enunciados genéricos, que luego el documento desarrolla en detalle. Parte, como es obvio, de “Poner fin a la pobreza en todas sus formas y en todo el mundo”. Las metas que se proponen no solo reeditan los 8 puntos de los Objetivos del Milenio, sino que se amplifican a cuestiones medulares como el hambre, la desigualdad, la energía, la cuestión vital de modelos de producción y consumo sostenibles, el cambio climático, la paz y el desarrollo sostenible.

En el sustrato de todo el documento está el fundamento vital del acuerdo: si no se producen las alianzas necesarias para el logro de un planeta sostenible en lo económico, lo social, lo cultural y lo ambiental, el deterioro podría continuar en los próximos años. A las ominosas realidades de hoy podrían sumarse otras, como las del crecimiento del desempleo, producto de la robotización de todas las industrias. Los ciudadanos del mundo tenemos una inmensa tarea por delante: asegurarnos la existencia de gobiernos responsables. Esa es nuestra más urgente obligación. De no hacerlo, las condiciones de vida en el planeta continuarán deteriorándose.

Por: Leopoldo Martínez / @lecumberry

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