Los libretistas de la revolución, por Leonardo Padrón

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Referencial

Referencial

(14 de octubre 2016. El Venezolano).- La envidia existe en todos los ámbitos. Es parte de la naturaleza humana, tan miserable en ciertas circunstancias. Yo, por ejemplo, debo confesar mi postración, mi verde y turbia admiración, en dos platos, mi envidia ante los guionistas del régimen. Son buenos, qué duda cabe. Son inagotables. Son impúdicos. Sobre todo a la hora de agregar un nuevo giro a la trama por más rocambolesco o inverosímil que sea. Su premisa es cimentar la bondad del régimen y la villanía de los líderes de la oposición. La eterna ecuación dramática: la lucha entre el bien y el mal. Ellos -el gobierno- los buenos. Nosotros -el país democrático- los malos. Ellos -henchidos de poder, escoltas y divisas- los héroes. Nosotros -aterrados de salir a la calle, rastreando frenéticamente un kilo de arroz, emboscados por la malaria, el hambre y los malandros- los ruines personajes que estropean su esmero por hacer feliz al pueblo venezolano. Todos los días, en cada capítulo de esta nerviosa y exacerbada historia, los guionistas de la revolución aliñan la trama con vuelcos inesperados.

En estos días, por ejemplo, un personaje secundario en un rol excesivo, anuncia por televisión que ha develado una nueva conspiración en marcha. Flanqueado por un organigrama delictivo, caro a las series policiales, el alto funcionario anuncia que Carlos Ocariz, alcalde del Municipio Sucre, y, todo un detalle, coordinador nacional del Referendo Revocatorio, es –posiblemente- el cabecilla de una “banda criminal paramilitarizada” que lanzó una granada contra el puesto de la Guardia Nacional en la redoma de Petare el domingo 2 de octubre. En la misma escena agrega que todo apunta a que el autor intelectual de tal vileza pueda ser JJ. Rendón. ¡Guao! Sorprendente esa unión, insospechada, inédita. Y, no se me retiren, hay más. El importante vocero señala un dato sensacional, una pista rotunda, la pieza final del rompecabezas de la conspiración. Lo hace con una foto donde prueba que Henrique Capriles, uno de los antagonistas de la historia, había estado el día anterior en el lugar del crimen. La foto lo muestra hablando con dos lugareños de Petare. ¿Posibles cómplices? ¿Estaría Capriles estudiando la zona para decidir el mejor ángulo para lanzar la granada? ¿Habrá medido la posible resistencia de los vientos alisios al vuelo del artefacto explosivo? ¿Habrá hecho una evaluación de la hora adecuada para tal patraña? Suponemos que las investigaciones lo dirán. O la imaginación de los libretistas de la revolución. La intriga nos mata.

Hay historias escritas con incoherencia, poca verosimilitud o excesiva truculencia. Henos ante una de ellas. Pero sin duda, el rating sigue vivo. Todo el mundo comenta cada episodio. El del día anterior y el que sigue. Así sea para burlarse, reír o espantarse. Y ya que hablamos de burla, no podemos dejar por fuera las incidencias del actual personaje protagónico. Ese que heredó el papel inesperadamente, luego de la muerte del verdadero ganador del casting. ¿Cuál ha sido su eficacia en su rol de sucesor?

El actual protagonista, todo hay que decirlo, se las pone difícil a los guionistas. Es como esos actores que repiten los parlamentos sin gracia alguna, no logran memorizar los diálogos, improvisan con torpeza, llegan tarde al estudio y, en realidad, no son genuinos en su vocación, están prestados al oficio. Todos en la industria del espectáculo lo saben: no hay historia que triunfe si el protagonista no tiene duende, no irradia carisma, no genera empatía con los espectadores.

A esta fecha, la mayoría del público manifiesta un ruidoso descontento, no solo por lo accidentado de la trama, sino por las debilidades y chapucerías del cabeza de elenco. Puertas adentro, los libretistas lo saben y su angustia es exponencial. Los ejecutivos del poder discuten hasta cuándo puede sostenerse la trama con tan ineficaz actor. Hablan de posibles sustitutos. Sienten que la historia se les está yendo de las manos. Algunos piensan que ya es irreversible. Que no hay imaginación capaz de torcer el dictamen de los espectadores. La razón es inequívoca: el público se siente traicionado, estafado. Quiere cambiar de protagonista, de historia, de canal. Y, es harto sabido, el único juez de una historia es quien la consume. Si el aplauso inicial ha trocado en rechazo, no hay nada que hacer. Los guionistas de la revolución podrán seguir fabulando crímenes, embestidas terroristas, conspiraciones internacionales, enemigos bajo cada piedra, pero ya es inútil. Todo suena repetido, predecible, falso. En esas situaciones es cuando el propio público, en el cénit del hartazgo, escribe la palabra FIN.

Es lo que va a ocurrir. Es inexorable. Intentarán alargar los capítulos con todo tipo de pirotecnia dramática. Pero ya el destino del relato parece sentenciado. Se agotó la trama. Los personajes se están deshilachando, perdiendo sentido. Algunos probablemente renuncien al elenco o aleguen un mejor contrato en tierras lejanas. Y vendrá una nueva historia. Nos tocará entonces a nosotros exigir capacidad y talento para que esa historia que se acerca en el horizonte sea escrita con la tinta del éxito y la decencia.

Ya basta. Solo pedimos un urgente cambio de elenco y libretistas para el próximo relato. Y el sonido de los acordes finales de esta truculencia llamada revolución.


Por Leonardo Padrón/ Caraota Digital

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