Los cerrojos del poder, por Gervis Medina

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Referencial

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(28 de mayo de 2016. El Venezolano).- Tras repasar los seminarios sobre “La Justicia Constitucional en el sistema de gobierno” a cargo de los profesores Massimo Luciani y Gustavo Zagrevelsky; “La Justicia Constitucional y el Poder Legislativo” a cargo del profesor Michel Rosenfeld y “La Justicia Constitucional y el Poder Ejecutivo; concatenado al 335 de la Constitución y el libro de Francisco Rubiales “Periodistas Sometidos, Los Perros del Poder; concluyo lo siguiente:

En materia de justicia constitucional, todas las Salas del Tribunal Supremo, tienen expresamente como competencia garantizar “la supremacía y efectividad de las normas y principios constitucionales”, correspondiéndoles a todas ser “el máximo y último intérprete de la Constitución” y velar “por su uniforme interpretación  y aplicación”. No es cierto, como se ha afirmado, que la Sala Constitucional sea “el máximo y último intérprete de la Constitución”.

Esta es una apreciación completamente errada, que no deriva del texto de la Constitución, de cuyo artículo 335, al contrario, se deriva que todas las Salas ejercen la justicia constitucional  conforme a sus respectivas competencias y son el máximo y último intérprete de la Constitución; las cuales conservan el mismo grado jerárquico y todas representan en el ámbito de sus competencias al Tribunal Supremo de Justicia como máximo representante del Poder Judicial”.

Los siete cerrojos ideados por la democracia para mantener el despotismo encerrado para siempre en una jaula de acero han sido cortados en Venezuela. Los partidos políticos, la sociedad y los políticos profesionales han traicionado la democracia y, tras domesticar al Leviatán, le han abierto la jaula para ejercer, con ayuda del monstruo, el dominio sobre los ciudadanos y aplastar al hombre libre, y así restaurar en este siglo XXI el poder dominante que disfrutaban las viejas elites; por lo que termino entendiendo que la democracia está muriendo y el país ya no existe.

La Asamblea Nacional es el centro de la democracia. Por ello, la Asamblea es mucho más que una fábrica de Leyes: es el órgano que expresa la representación nacional y que, como tal, canaliza la participación ciudadana. Sin embargo, la importancia de la Asamblea Nacional se ha visto afectada por distintas causas relacionadas con la organización del Estado y de sus instituciones. Una de esas causas es la Sala Constitucional.

Hay cierta tendencia por reducir la democracia a una simple suma matemática: el que tenga más votos gana. Pero esta suma no funciona con la Sala Constitucional. Cualquier decisión adoptada por el voto de la “mayoría” de la Asamblea podrá ser revisada por la Sala Constitucional. Ese Tribunal tiene 7 magistrados, con lo cual, basta el voto de 4 para adoptar una sentencia que revise y anule cualquier decisión adoptada por la “mayoría” de la Asamblea Nacional. Aquí es donde falla la matemática, pues 4 votos de la Sala Constitucional valen más que 112 votos de los Diputados de la Asamblea Nacional.

Ante el riesgo derivado de una Sala Constitucional que se ubica por encima de la Asamblea, es necesario insistir en la opinión pública (deber que ejerzo por este medio); sobre el rol constitucional que debe cumplir la Asamblea Nacional, como órgano de representación nacional y centro de la democracia. En todos los sistemas jurídicos que admiten la existencia de la justicia constitucional, se establecen límites a esa justicia, precisamente para evitar que ella usurpe funciones del parlamento.

En su libro La reconstrucción del Derecho venezolano (2012), el profesor venezolano Francisco J. Delgado insiste en la necesidad de cambiar la idea del Derecho en Venezuela. Específicamente, ello pasa por replantear el rol de la Sala Constitucional y por reivindicar el valor de la Ley como expresión de la representación nacional. En suma, quien representa a los venezolanos es la Asamblea Nacional, no la Sala Constitucional.

La democracia es el único sistema, que ha conseguido encerrar a los grandes poderes, sobre todo al insaciable poder del Estado, en una jaula con siete cerrojos. La separación de los poderes del Estado, Legislativo, Judicial y Ejecutivo, es el tercer sello que cierra esa jaula.

Por Gervis Medina / Panorama

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