Los padres huérfanos que deja la revolución, por Emiro Albornoz

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Referencial

(24 de enero de 2017. El Venezolano).- Este bodrio llamado revolución bolivariana, cuyo proyecto no es otra cosa que la destrucción sistemática de Venezuela, instaurado por ese atormentado hombre que reunía todas las patologías siquiátricas y sicológicas juntas, ha creado una nueva casta de ciudadanos que bien se puede denominar los padres huérfanos.

En Venezuela ya no son solamente huérfanos los niños que pierden a sus padres producto de la violencia reinante en todas las calles del país que cobra sus víctimas especialmente en la gente joven cuyo límite de edad no sobreasa los treinta años y dejan sin protección a menores que apenas están en la edad escolar o inician el bachillerato.

Ahora somos los padres de Venezuela, y me incluyo, porque formo parte de los centenares de miles de hombres y mujeres que en los últimos años de este desastre reinante en nuestra nación nos hemos quedado huérfanos de hijos que se van del país porque no ven futuro gracias a que la revolución se los robó al no permitirles llevar adelante sus planes de iniciar una familia al lado de la persona amada.

Muchachos cuyas edades rondan los 24 años, o menos, que egresan de las Universidades u otros centros de estudios y se consiguen con que no hay puestos de trabajo bien remunerados con los cuales tener acceso a una vivienda digna producto del ahorro porque ese es otro concepto que desapareció del diccionario de los venezolanos, y mucho menos adquirir los más elementales enseres del hogar, y ni pensar en la compra de un vehículo como es la aspiración de cualquier persona que trabaja para mejorar sus condiciones de vida.

Venezuela, antes de Chávez y aún en los primeros tempos de su Gobierno, gracias a la riqueza súbita que ingresó al país, era un país donde la gente que tenía esas posibilidades, y haciendo sacrificios, enviaba a sus hijos a estudiar al exterior y muchos elegían quedarse en otras latitudes o regresaban para ayudar con su talento al progreso y desarrollo del país con los conocimientos adquiridos. Era una cuestión de decisión personal. La gente salía y entraba nuevamente a la patria por las razones que fueran, pero nunca constreñida u obligada.

Hay quienes ven, dolorosamente, partir a sus hijos hacia otros confines donde con el solo hecho de trabajar ya les permite tener seguridad alimentaria y con el producto del ahorro acceder a una vivienda digna y a otras comodidades que la vida depara y a las cuales todos tenemos derecho, pero lo más importante es que a pesar de la rabia que sienten por la partida de esos pedazos de sus vidas, saben que estarán a salvo porque abandonan una nación donde la vida de los ciudadanos nada vale porque ocupa el primer lugar en el mundo como el país más violento que solamente el año 2016 dejó 28 mil muertos, según cifras extraoficiales, más elevadas que las de los países que se encuentran en guerras internas.

Pero así como sufren los padres que quedan huérfanos de sus hijos porque saben que lo más probable sea un adiós sin retorno porque muchos tienen que apelar , en el caso de los Estados Unidos de Norteamérica, al recurso del asilo político que les impide regresar a su patria grande en unos cuantos años, también los que se van, esas grandes legiones de jóvenes defraudados por esta porquería de revolución, sufren el dolor de la distancia porque hay que ver “¡Madre, cómo son ácidas
las uvas de la ausencia!”, como magistralmente lo expresara Andrés Eloy Blanco.

Y lamentablemente parece repetirse la evocación del poeta cuando desde el exilio, tiempos de una dictadura muy parecida a la que vivimos hoy los venezolanos, con su esposa y sus dos hijos, escribió su poema: Clase:

“Aquí estamos el padre, la madre y los hijos para dar una clase de presencia: “Los cuatro que aquí estamos nacimos en la pura tierra de Venezuela, la del signo del éxodo, la madre de Bolívar y de Sucre y de Bello y de Urdaneta y de Gual y de Vargas y del millón de grandes, más poblada en la gloria que en la tierra, la que algo tiene y nadie sabe dónde, si en la leche, en la sangre o la placenta que el hijo vil se le eterniza adentro, y el hijo grande se le muere afuera”.

Hay estudiosos que aseguran que los jóvenes que forzosamente se marchan al extranjero (De Venezuela se calcula que hay dos millones ) sufren el mal que se conoce como trauma migratorio por la ausencia de sus padres.

Qué cosa más sabrosa puede vivir un hijo cuando recibe el abrazo y el beso cariñoso de sus padres acompañado del ¡Dios te bendiga!. Eso no lo puede sustituir ni la tecnología de hoy que permite vernos y hablarnos a distancia.

Este maldito régimen ha acabado con la familia como institución determinante de la vida de Venezuela. Por eso, quienes sobrevivimos acá, en medio de las peores penurias para alimentarnos, o curarnos, cuando nos enfermamos, sin servicios públicos eficientes, tenemos que seguirle echando bolas para liberarnos de este mal Gobierno y a esta Venezuela que no es de ese criminal que nos gobierna ni de su cáfila de desadaptados revolucionarios que nos pretenden quitar hasta el derecho de elegir como principal conquista de la democracia.

Venezuela es de los venezolanos.

Por Emiro Albornoz

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