La revolución del hambre, por Emiro Albornoz

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Referencial

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(12 de mayo de 2016. El Venezolano).- Ya hemos hablado del problema del hambre en Venezuela en anteriores entregas, a comienzos de este año, pero las dimensiones que ha alcanzado el asunto han hecho que se convierta en un verdadero flagelo, un fantasma que recorre las calles de todo el país con las consecuencias que conocemos: saqueos a establecimientos comerciales prácticamente sitiados por legiones de hambrientos ante la mirada impotente del régimen para resolverlo.

Hasta los momentos, medios de comunicación reportan más de cien saqueos en todo el país los cuales no discriminan si son establecimientos privados o los públicos como son las redes de distribución del gobierno. Los camiones cargados de alimentos tampoco escapan a las acciones que son vandálicas, pero es que el hambre es mala consejera.

Ya lo decía Hugo Chávez al inicio de su desastroso gobierno que si él fuera el pobre hombre que el día anterior le lloró su situación en la Catedral, él saldría a robar a la medianoche si su hija Rosinés estaba pasando hambre.

El hambre no tiene ideología ni cerebro. El hambre solo la siente un estómago al cual no llegan los alimentos porque esta revolución, que este cronista califica como la revolución del hambre, se ha encargado, con sus locuras, de hacer cada vez menos asequibles los productos alimenticios a los pobres de Venezuela que son la mayoría del país.

El gobierno de Maduro trata de justificar el desastre hablando de una guerra económica que ya lleva los tres años de su gobierno, de lo cual se deduce lo malo que es cuando no ha podido derrota esta confrontación bélica con todo el poder absolutista del cual ha hecho gala.

Los muertos de hambre multiplicados a la enésima potencia por el régimen de Maduro sí están claros en que éste es el responsable de su grave situación, y lo demostraron en pasado seis de diciembre del 2015 cuando le dieron una paliza eligiendo una Asamblea Nacional mayoritariamente de la oposición verdaderamente democrática, voluntad popular desconocida posteriormente por el régimen.

La respuesta de Maduro ha sido más aumentos en los precios, como los que se esperaban para este jueves antes de la salida de este artículo, ante la realidad que le ha estallado en la cara: las empresas no pueden seguir produciendo alimentos ni otros bienes y servicios, a pérdida, en medio de la espiral inflacionaria que azota al país.

El pírrico aumento anunciado por Maduro el recién pasado Día Internacional del Trabajador, ya se lo había echado al pico la inflación que en apenas cuatro meses del año supera el 400 por ciento en buena parte de los rubros.

El salario mínimo diario a partir de mayo, es de 520 bolívares. Veamos para qué sirve:

Con 500 bolívares fuertes no se puede comprar una bolsa de quince panes. Tampoco una gaseosa de uno y medio litro ni una garrafa de jugo de naranja. Mucho menos un litro de leche ni un yogurt como sustituto de este producto indispensable para los niños, porque su precio actual supera esa cantidad.

No se puede comprar harina de maíz, aceite comestible, arroz y otros productos en el mercado negro porque sus costos son inalcanzables, lo que obliga a los pobres a tener que calarse largas, descomunales y calurosas colas, en medio de los abusos policiales, para que buena parte de quienes sufren esas ominosas situaciones escuchen el anuncio que se acabó lo regulado. Menos alcanza para comprar un pollo de dos y medio kilos que cuesta 4 mil bolívares, o sea, ocho salarios mínimos diarios.

La respuesta de Maduro es la continuidad del decreto de emergencia económica que es inconstitucional y con el cual, luego de transcurridos cuatro meses de su puesta en vigencia, los resultados son, más bien, contraproducentes. Los 14 motores anunciados para la reactivación de la economía no terminan de arrancar o se fundieron al momento de encenderlos, y la inflación y la escasez se han multiplicado.

El gobierno de Nicolás Maduro es una fábrica de hacer pobres: Más del 80 por ciento del país padece de hambre, así la ministra del exterior, la inefable Delcy Rodríguez, del grupo de oligarcas que dirigen este régimen, diga lo contrario en la OEA y en la ONU, y asegure que en Venezuela hay alimentos para darle a tres países del continente.

Por Emiro Albornoz

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