La palabra prohibida, por Leonardo Padrón

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Referencial

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(20 de mayo de 2016. El Venezolano).-  Es una palabra que se coagula. Que parece alquitrán. Una palabra que huele a ácido. Que suda gas, censura, represión y muerte. Dictadura. Esa es la palabra que está rebotando en los tímpanos de los venezolanos, que circula como un insecto oscuro por las alacenas de alimentos, que se asoma como una mancha en las páginas de la constitución, que es garrapateada en las paredes de las universidades y pronunciada cada vez con más volumen por periodistas y analistas políticos. Dictadura. Es lo que reflejan los mensajes y videos en las redes sociales de gente que relata su agobio ante la feroz crisis que vive el país. Dictadura. La palabra tabú. La palabra altisonante y temida. La palabra que ha cruzado tantas veces la historia con su estela de sangre, presos, persecuciones, cancelación de libertades y ruina económica. Dictadura. El sustantivo que mejor define al gobierno de Nicolás Maduro y su grupete de militares, corruptos y advenedizos. Dictadura en las leyes que se ignoran, en las que se imponen, en las que se inventan. Ya muchos dirán que lo habían advertido años atrás. El “yo lo dije” de rigor. Pero es lo de menos quién la pronunció antes. Ya qué importa. No se trata de adjudicar medallas a los “visionarios” o fustigar a los recién llegados a la certidumbre. Se pudiera argumentar que tres años atrás todo era menos extremo, que aún había resquicios democráticos, que incluso hoy todavía quedan dos o tres rendijas, alguna formalidad mínima, un punto y seguido por definir. Pero mejor es sincerarnos.

El país está en manos de un hombre aterrado ante la creciente posibilidad de quedarse sin trabajo, un hombre dubitativo y tembloroso ante el torbellino que lo envuelve. Un hombre perdido y, por lo tanto, peligroso. Un ejemplar rabioso chapoteando en su propio fango. Alguien que deja caer estridencias sin sentido. Un hombre sin argumentos cercanos a la coherencia. Un hombre frente al abismo de su propio fracaso. Al que solo le queda gorjear algunas consignas prestadas, con olor a naftalina y tiempo vencido. Le queda la retórica. El incendio de un populismo devenido en estafa. Un hombre que decide hacer una rueda de prensa internacional para quejarse de “los ataques” del mundo. Un tipo plañidero que le estalló en las manos el letal proyecto de su padre político. Maduro ha descubierto, rápidamente, que la herencia era solo veneno. No había épica. No había historia nueva. Ni gloria posible. Solo un nuevo, extenso y fúnebre capítulo que la palabra revolución añade a su prontuario.

En esa rueda de prensa, el hombre, con sueldo de presidente, ante la pregunta de una periodista de Reuters sobre el tema económico (el implacable huracán que nos azota) la regañó sutilmente e indicó que ese era tema para otro día. Como si la ruina económica del país permitiera otro día. Como si cupiera otro viernes más en lo inadmisible. Lo importante allí, en esa rueda de prensa, era seguir haciendo gárgaras de víctima. Una víctima de la que, parece insinuar, todos debíamos condolernos. Maduro se apuró en transmitir un vídeo que, según su preclaro manejo del idioma, era un “resumen sintético” de los agravios de la villanía que lo cerca. Resultaba poco menos que vintage, risible y fuera de contexto ver a Pedro Carmona Estanga en ese video. Resultaba ofensivo ver a Maduro y su talante de alumno extraviado, con su estribillo gastado, sus argumentos de óxido y chatarra. Obsceno verlo ondear el pequeño libro de la constitución para justificar el tamaño del desastre. Ominoso verlo tan pendiente de sí mismo, de su permanencia en el poder, de la necesidad de sobrevivir su lapso presidencial. Él defendiendo su trabajo, indiferente ante la horrísona realidad nacional, ante el día a día ciudadano, ante lo que significa, gracias a su insuperable torpeza, ser hoy residente de este país. Recordemos que Maduro ya ostenta el oscuro honor de haber mutilado las expectativas de al menos una generación de venezolanos.

Todo en este momento es tan abyecto, tan intolerable, que no se puede concebir que ese hombre privilegie su supervivencia política por encima de las muertes que día a día ocurren por escasez de medicinas y exceso de balas. Se está acumulando en las ventanas del mundo electrónico una colección de vejámenes que acomplejarían a cualquier mente de frenética imaginación. A cada hora las redes sociales se llenan de testimonios en primera persona que dan cuenta de la onda expansiva del hambre. Gente que llora públicamente y sin tapujos su tragedia íntima. Gente que rumia el escándalo de su impotencia. Gente que siente que el mundo debe saber. Gente que dice que no puede más. Gente con la voz rota. Y mientras tanto, Maduro acusa aquí y allá, dice Ramos Allup, dice Capriles, dice basura, escupe hojarasca, derrama amenazas, se pone estentóreo, absurdo, se balancea irracional y jura que ahora sí, que es el momento de profundizar la revolución. Que ahí viene el coco. Como si el venezolano no se topara todos los días con un desfile de monstruos de inusual calibre e indecencia.

¿Y qué es profundizar la revolución? Elevar el descaro, hacer caída y mesa limpia con lo que queda de democracia, clausurar la Asamblea Nacional, incrementar las cifras de presos políticos, exasperar la represión, expropiar los restos de la empresa privada, suspender las garantías constitucionales. En resumen, militarizar el breve oxígeno que nos rodea. En definitiva, descorrer el telón y mostrar con sombría fanfarria la aparición de la palabra prohibida: dictadura.

La palabra negra. La palabra que muchos no se atrevían a pronunciar para evitar el peso de su lápida. Dictadura. La palabra que rebota con escalofrío en los tímpanos de los venezolanos. La palabra que tiene espinas en todas sus letras. La palabra que debemos neutralizar a toda costa.

Por: Leonardo Padrón / Caraota Digital

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