La inaceptable postergación, por Leonardo Padrón

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(13 de diciembre de 2016. El Venezolano).- Se están agotando las fechas del calendario. Esas fechas donde se ha ido depositando la cada vez más abollada esperanza de los venezolanos. Se está abusando del sortilegio de los números. El 1S, el 26O, el 3N, el 6D, son siglas que solo han tenido como resultado un mayor desaliento. Ahora un hombre que encarna la voz de Dios nos habla del 13E. Y uno no puede menos que sonreír con indignación. Monseñor Celli, enviado del Vaticano, anuncia la reanudación del diálogo para el año que viene. Porque podrán faltar cinco o seis semanas para ese viernes 13, pero real, simbólica y psicológicamente es un nuevo año, es 2017 y no 2016, con una navidad entera por el medio, con la economía en ruinas, con los precios desatados, con la delincuencia enajenada. Entiendo que los tiempos de la iglesia son bíblicos, pero los tiempos del venezolano son apocalípticos. Hoy no nos interesa la eternidad como concepto teológico, nos interesa la supervivencia. Me pregunto, quizás retóricamente, ¿quién no termina de entender la emergencia en la que estamos sumergidos? ¿Por qué no se pueden reunir de nuevo hoy y mañana a dirimir las soluciones a tanto desatino, incompetencia y abuso? ¿Qué tienen que hacer los dialogantes este próximo viernes o el sábado en la tarde, a golpe de 3 pm? ¿Compras navideñas, almuerzo en el Hato Grill, descanso con arenita y playita? Los signos de la crisis son tan desesperantes que exigen la urgencia de una encerrona. No importa, nosotros les llevamos las pizzas y los refrescos, les resolvemos sus diligencias cotidianas, los excusamos ante sus familiares. Aunque ya nada de eso tiene sentido.

El comunicado de “los acompañantes del diálogo nacional” dice que ha habido “evidentes resultados positivos”. ¿En serio? ¿Para quién? ¿Cinco o seis presos políticos liberados es un resultado positivo? ¿Y los catorce presos políticos que están en huelga de hambre en el Sebin? ¿Y el centenar que espera por un gesto de justicia? ¿Y las elecciones regionales que aplazaron para quién sabe cuándo? ¿Y el robo del Referéndum Revocatorio? ¿Y el discurso de amenaza constante de Nicolás Maduro? ¿Y el irrespeto a las decisiones de la AN?  El comunicado también anuncia que las Mesas Temáticas del Diálogo continuarán trabajando mientras tanto. Cuesta creerlo. Y, peor aún, si prosiguen será al son del rictus burlesco de Jorge Rodríguez.

​​Sin duda, el único que se alegra con la nueva promesa que encarna el 13E es el régimen. Así el conflicto se posterga. Las decisiones se aplazan. Y podremos tener la “Feliz Chavidad” que, hasta con ausencia de signos de puntuación, nos deseó el Ministro de Educación. Si ya es difícil decir “Feliz Navidad”, imagínense el calibre de la afrenta del ministro. A menos que quiera recordarnos que la navidad de escasez, miseria  y crimen que va a vivir el pueblo venezolano este diciembre tiene la huella digital de Hugo Chávez.

En días pasados, me contaba un amigo que vio a un hombre que portaba una canilla de pan y una bolsa plástica llena de huesos chupados de Pollos Arturo’s. Ese sería su almuerzo. Ya con la dignidad y la higiene abolidas. El milagro era la canilla de pan. Hace dos semanas, en una calle de Colinas de Bello Monte, la policía atrapó a un joven que llevaba un extraño botín en sus manos: una paloma y un espejo retrovisor. La paloma era fuerte candidata a convertirse en su cena. El espejo era quizás una forma de contemplar un pasado que ya no volverá. Ayer en la televisión, un locutor anunciaba el extravío de un hombre de 71 años que salió de su casa bajo un fuerte estado depresivo, sin cartera ni celular. Se lo tragaron las calles de Macaracuay. Me quedé detenido en las cuatro palabras que lo hicieron huir de sí mismo: un fuerte estado depresivo. ¿Quién duda que ese es el estatus emocional de millones de venezolanos? ¿Tanta depresión merece ese relajamiento en la Mesa de Diálogo?

En enero, cuando se repongan los inventarios de los comercios que estén en condiciones de abrir, todos entenderemos que a la crisis le faltaba estrenar sus peores capítulos. Y los venezolanos verán a su alrededor un país aún más incomprensible. Y la comida, la medicina, la ropa, los pasajes, todo se convertirá en artículo de lujo. Todo será inalcanzable. Me disculpa, Monseñor Celli, pero el 13 de enero es una fecha demasiado remota. A ese ritmo, la cínica frase de Maduro prometiendo que en este país se dialogará hasta el 2020 puede hacerse realidad. Las emergencias no son relativas. Los líderes de oposición debieron haberse colocado en la puerta del salón del Hotel Meliá, interrumpir el paso y decir que de ese lugar no salía nadie hasta que las exigencias se concretaran. No lo hicieron. Y ya, sobrepasados por los hechos, decidieron  no seguir el juego. No les quedaba otra opción. Finalmente, la mesa no soportó tanta falta de seriedad y se rompió. Ahora a la oposición le tocará -faena ardua-recuperar su poder de convocatoria, recoger los vidrios rotos, depurar los errores y liderar en las calles el reclamo de una multitud desesperada y hambrienta.

La dictadura sonríe. El país cruje. Bien lo dijo Bertolt Brecht: las convicciones son esperanzas. Hoy el repudio al régimen es masivo. El hartazgo reina en más del 80% de la población. Los demócratas somos una rotunda mayoría. Necesitamos comenzar a ejercer esa decisiva ventaja. El diálogo, con la promesa de resolver la crisis en paz, ha fracasado. Los mediadores fueron también atropellados por la falta de escrúpulos del régimen. La oposición debe reunificar sus métodos y abrir un nuevo capítulo, de real contundencia, en esta fatigante lucha. Seguir postergándonos es una soberana irresponsabilidad.

Por: Leonardo Padrón

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