La enfermedad del populismo, por Juan Guerrero

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(28 de noviembre de 2015. El Venezolano).- Hace ya unos cuantos años en Guayana existió un gobernador, de apellido Carvajal Morales (1996-1999), quien se hizo famoso por usar los autobuses del servicio público para colocar su nombre y su rostro. Esa promoción a costa del uso de bienes públicos  causó una desagradable reacción en parte de la ciudadanía guayanesa. Al final, el tristemente célebre gobernador pasó sin pena ni gloria por la vida política angostureña.

Esto del populismo en Venezuela es cosa vieja y, desgraciadamente, nueva. Recuerdo el uso de la niñez abandonada en la propaganda de Caldera, con su eslogan, “Por mí, vota verde”, y la imagen de un niño desnutrido enseñando su famélico rostro y su desnudo y negro torso.

También por estos tiempos del siglo XXI aparece, por el centro de la ciudad de Barquisimeto su gobernador Henry Falcón, paseando a caballo, a pleno día, creando inmensas colas de vehículos. Y por navidad, lanzándoles desde un camión, juguetes y caramelos a los niños de las zonas populares de la ciudad.

El populismo está incrustado ineludiblemente al mundo de la pobreza extrema y la marginalidad. Son miles, millones de seres humanos quienes sufren esta enfermedad social, dado su absoluta carencia de insumos, de todo tipo, para superar tal condición.

El populismo de Estado los ahoga y mantiene prisioneros en ese oscuro e inhóspito mundo de existencia porque, al mantenerles así son blanco fácil para ser manipulados en tiempos de elecciones.    Antes se les compraba por unas cuantas planchas de zinc, ladrillos, cabillas y cemento para mantenerles en sus barracas. Pero por estos años el ciclo se ha convertido es objetivo de Estado, donde ni se guardan las formas, las apariencias para declarar, con campañas, tal el Dakazo, y ahora El Huevazo, que debes presentar la planilla donde inscribiste a tus 10 votantes para que te den una bolsa de comida.

El populismo es la forma más aberrante de la política y la más humillante a la condición humana. El líder populista y sus dirigentes, así como aquellos que anidan a su alrededor, se mantienen en el poder asumiendo el autoritarismo, la arbitrariedad, el sectarismo, la transgresión a las leyes y derechos humanos, como valores básicos.

No creo que esto del populismo en Venezuela pueda superarse solo con un cambio de gobierno en unas elecciones parciales. Y esto porque el líder y el dirigente, y funcionarios públicos inmersos en la enfermedad mental del populismo, lo han asumido como una condición de vida y así lo han modelado a las inmensas poblaciones de venezolanos que padecen esta inhumana condición.

Este mal, esta enfermedad mental, espiritual y psicológica del populismo puede frenarse, inicialmente, con un cambio político donde se generen decisiones gerenciales efectivas y eficientes, en las líneas primordiales del Estado: seguridad ciudadana, seguridad sociosanitaria, seguridad alimentaria, y seguridad económica. Pero la más importante y que permite deslastrar y superar esta condición de inferioridad política, está en los sistemas y procesos pedagógicos y en el sistema educativo en general.

En la actualidad el populismo venezolano encuentra en la marginalidad de aquellos políticos que son sus adeptos, la más agresiva forma de manifestación. Son actores en bandas armadas, aliadas de delincuentes y lo que es peor, dirigidos por individuos desde los centros del poder político, militar y económico. Por ello, la enfermedad del populismo se transforma en marginalidad mental en manos de esos líderes y dirigentes.

¿Es posible derrotar el populismo venezolano y superar esta enfermedad, esta condición de inferioridad política? La respuesta será positiva en la medida que las nuevas generaciones de líderes políticos y los ciudadanos conscientes de esta anormalidad y desviación social, unidos, identifiquemos a sus defensores y los aislemos como vectores de esta epidemia política que pareciera no tener fin.

Por: Juan Guerrero / Panorama

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