La corrupción quema las manos y pudre el alma, por César Ramos Parra

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(23 de septiembre de 2016. El Venezolano).- Hemos venido refiriéndonos en entregas anteriores a los valores y principios que necesitamos rescatar en nuestra sociedad y particularmente en nuestro país: la moralidad, la transparencia administrativa, si deseamos trascender a planos espirituales superiores como personas y por ende, como nación. Venezuela está catalogada como uno de los países del mundo, con mayor índice de corrupción administrativa.

Si la corrupción generalizada se ha apoderado de nosotros, evidentemente lo primero que tenemos que hacer para erradicarla, es admitir con humildad su presencia en nuestra sociedad, como un cáncer que la ha carcomido y tomar la firme decisión de extirparla y derrotarla. Este mal no es exclusivamente del mundo actual. Judas traicionó a Cristo por treinta monedas de plata y fue comprado por jerarcas religiosos de la época. Ciertamente, no hay corrupto sin corruptor. Y desde luego, unos y otros son corruptos.

La corrupción trae consigo la destrucción de las instituciones, de las naciones y fundamentalmente, del hombre. Lo que sucede con este mal es que los dineros públicos, que son de todos y para todos, para superar la pobreza, aproximarnos al bien común y la justicia social, buscar la felicidad terrenal de todos, son usufructuados por un grupo pequeño a los cuales se le ha encomendado su administración y desviados de sus fines. Por ello en Venezuela no funciona la salud ni los servicios públicos. Por eso en nuestro país no se explica cómo pudo esfumarse una riqueza inconmensurable proveniente del petróleo y somos hoy, uno de los países con mayor nivel de pobreza en el mundo. Esa problemática sobrepasa a los partidos y grupos políticos, pero evidentemente, la gravedad del asunto es responsabilidad fundamental de quienes han tenido bajo su responsabilidad el liderazgo de las instituciones y del país, por acción u omisión, hoy y ayer, ya que el ejercicio del poder es para servir y no para servirse.

La corrupción tiene su origen en la carencia de valores y principios que les deben ser transferidos, básicamente con el ejemplo de vida, a los hijos en su hogar, en los centros de enseñanza o por las organizaciones religiosas.

Si en una sociedad este problema se manifiesta, en forma alarmante, he allí el origen del problema. Todos los seres humanos, sin excepción alguna, somos proclives al mal. De allí que en la oración que Jesús nos enseñó, atendiendo la solicitud de sus discípulos cuando éstos le dijeron. “Señor, enséñanos a orar”, en lo que conocemos como el “Padre nuestro”, se señala: “…No nos dejes caer en la tentación…”.

No me cabe la menor duda que nuestro país se aproxima a la alborada de un nuevo amanecer, a la construcción de una nueva esperanza, al ocaso de este caos que se instaló en nuestro país con la promesa, de la buena fe de sus líderes, de derrotar la corrupción que le precedió. Lamentablemente, se convirtió en retórica que traicionó la buena fe de la inmensa mayoría de nuestro pueblo. Ojalá tomemos conciencia de que el dinero público, cuando no es administrado con transparencia y moralidad quema las manos de quien lo hurta, pudre el alma de quien lo usufructúa indebidamente y termina siendo causa de su eterna condenación, aquí y en el más allá.

Por: César Ramos Parra / La Patilla

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