La Asamblea Nacional y el reto de la inclusión, por Rafael Luciani

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CAR115. CARACAS (VENEZUELA), 05/01/2016.- Diputados toman juramento de sus cargos durante la instalación de la Asamblea Nacional hoy, martes 5 de enero de 2016, en Caracas (Venezuela). EFE/Miguel Gutiérrez

EFE

(09 de enero de 2016. El Venezolano).- Nociones como libertad, igualdad y fraternidad forman parte de la menssociopolítica occidental desde que fueron proclamadas en diciembre de 1790 por Robespierre. Desde entonces se han constituido en referentes que miden la dinámica sociopolítica de nuestros pueblos. Más recientemente, el 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas, en el texto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamó que: «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros» (art. 1).

En la actual coyuntura sociopolítica, la nueva Asamblea Nacional tiene la posibilidad de iniciar una época de reordenamiento de los espacios políticos y las relaciones socioculturales en Venezuela. Una etapa donde la «inclusión» sea el eje de un nuevo discurso político que no responda a ideologías, sino a la construcción del «bien común» de toda una sociedad. Esto podrá contribuir a sanear el modo como nos tratamos y las expectativas que tenemos acerca de nuestro futuro, actualizando el espíritu democrático de la Declaración Universal de los DD.HH.

Por años, los discursos oficialistas han manipulado ideológicamente nociones como libertad e igualdad. Éstas deberían ser para el beneficio de «todos» y no de unos pocos «rojos, rojitos», como cantaba otrora el lema oficialista. El lenguaje y las prácticas excluyentes nos han llevado a la actual fractura moral y a la polarización sociopolítica. Se hace imperativo construir políticas de inclusión para lograr una verdadera igualdad

Un reordenamiento sociopolítico democrático ha de pasar por el reconocimiento de la dignidad propia de cada sujeto, más allá de las ideologías y los intereses partidistas. La igualdad no es una mera práctica de homologación de todos los individuos y su adecuación a un marco ideológico. Ella apunta a los deberes comunes, al bien común y, por tanto, a nuestra corresponsabilidad moral como ciudadanos de una nación. En este sentido, la igualdad supone la construcción de un marco de condiciones comunes de vida -leyes- basadas en relaciones recíprocas -derechos y deberes- que respeten y potencien las diferencias.

No somos iguales porque existan políticas de homologación socioeconómica. Somos iguales en la medida en que cada sujeto pueda vivir en las mejores condiciones humanas posibles, permitiendo el desarrollo pleno de «toda» la persona y de «todas» las personas en un mismo espacio común, independientemente de su posición social, política o religiosa. Por ello, la igualdad es viable y sostenible sólo en el marco de una serie de políticas de inclusión social. Este ha de ser el espíritu que mueva a la nueva Asamblea Nacional.

El discurso de los asambleístas debe alejarse de toda posición que denigre y excluya al otro; debe ser ejemplo de reconocimiento de la dignidad humana de todos los ciudadanos más allá de las posiciones ideológicas, los estatus socioeconómicos o las condiciones morales. Su voz debe favorecer el ejercicio de prácticas y leyes que impulsen condiciones de vida digna en el marco de un estado de derechos y deberes, y no sólo de derechos, como muchos están acostumbrados.

Nuestra sociedad puede ser libre e igualitaria y, aún así, poco humana y fecunda en sus relaciones socioculturales, económicas, políticas y religiosas. Necesita de modelos humanos y de políticas de inclusión social, pues sólo así podrá sanar la fractura moral y la polarización sociocultural que necesitamos superar si queremos tener futuro y bienestar para todos.

Rafael Luciani/El Universal

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