Heráclito y la crisis venezolana (I), por Luis Prieto Oliveira

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Cortesía

(18 de enero de 2017. El Venezolano).-  A lo mejor, por el título, algunos piensan que estoy pensando en algún amigo marabino, por lo apegados que son a los nombres griegos, pero no, quiero referirme a Heráclito de Efeso, uno de los filósofos de los cuales sabemos por las referencias que aparecen en la obra de Platón, sobre todo por su frase “Nunca podemos bañarnos dos veces en la misma corriente de un río”, con la cual planteaba que la vida es un flujo continuo, que todo cambia constantemente y no hay dos instantes idénticos.

Este concepto viene a cuento porque para muchos de los que conformamos el éxodo de los venezolanos, que aunque ha adquirido una cuantía y velocidad inusitada, comenzó a manifestarse hace más de 30 años, cuando la crisis financiera de los 80 obligó a una severa devaluación del signo monetario y a la creación de una nueva forma de economía, en la cual aparecen figuras como la inflación y otros daños estructurales. A raíz del control de cambios decretado en febrero de 1983, algunos venezolanos interpretaron ese fenómeno como el final de una etapa muy larga de crecimiento constante con baja o nula inflación.

Hasta ese momento, el mantra de los miembros de la clase media, creada fundamentalmente por la democracia venezolana, era “mis hijos tendrán más que yo”, es decir disfrutarán de una educación de más calidad, de servicios públicos de alta calidad y costo razonable, de amplios programas de construcción de vivienda destinada a los sectores de menores recursos, niveles de desempleo que oscilaban entre 5% y 7% de la población activa, inflación alrededor de 3% anual, un signo monetario que había sido designado, junto con el dólar, el franco suizo y la libra esterlina, como monedas de reserva internacional. Se habían alcanzado las metas políticas trazadas por la generación de 1936, sobre todo la nacionalización de las industrias fundamentales de exportación, petróleo y derivados y mineral de hierro y pellas de reducción directa, sin que se afectara la producción o la rentabilidad de esas industrias en manos del estado.

Teníamos un país que llegaba a parecerse al que describiera el poeta yaracuyano Manuel Rodríguez Cárdenas en su poema Habladurías, del cual los venezolanos no emigraban, porque no iban a encontrar otro país tan optimista y con tanto futuro como el propio. Es más, Venezuela recibió en esos años 60 y 70 el influjo de grandes corrientes inmigratorias, provenientes de casi toda América Latina, los perseguidos por las cerriles dictaduras militares del Cono Sur, sabían que en nuestro país encontrarían asilo, trabajo, respeto y consideración. Nos acostumbramos a ver el futuro con confianza y a valorar a nuestros destacados profesionales. Incluso nuestros políticos, de muy diversas tendencias, recibían respaldo y respeto de sus adversarios y rivales.

La guerrilla izquierdista, estimulada y financiada desde La Habana, con fondos provenientes de la URSS, nunca había podido tener arraigo sino en pequeños grupos de universitarios de clase media y alta y fue combatida exitosamente por el ejército, hasta derrotarla en toda la línea. Pero, como en cuentos de hadas, siembre había un hada malvada, una madrasta ruin, un ogro maligno, que rumiaba sus frustraciones en alguna oscura cueva o en lo profundo de nuestras selvas, sin embargo, en ese gran país optimista y dueño de su presente y futuro, esas aves de mal fario como en la guasa caraqueña referida a la suegra: “Pájaros de mal agüero, en mi casa, yo no los quiero, ni que canten como canarios, ni que parezcan jilgueros”.

Ya hemos dicho, en algunos de nuestros artículos anteriores, que el acuerdo firmado para regularizar la deuda pública durante los gobiernos de Herrera Campins y Lusinchi, obligó a dedicar al pago de amortización de esa deuda una parte sustancial de los recursos que antes se destinaban a los servicios fundamentales, con lo cual se acentuaban los síntomas del fracaso. La reducción de los recursos destinados a los programas sociales y, sobre todo a la educación, comenzó a desorganizar el largo y cuidadoso camino de la construcción y perfeccionamiento de la democracia. Al mismo tiempo los partidos políticos se burocratizaban y corrompían, olvidando sus compromisos con la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Había comenzado un camino descendente, por el cual se colaron los oficiales comprometidos con la ideología comunista, que se apoyaron en militares que anteponían sus apetitos personales a los juramentos de lealtad a la constitución. En 1982, antes de la crisis del llamado viernes negro del 26 de febrero de 1983, un grupo de jóvenes oficiales, encabezados por Hugo Chávez, quien nunca pudo aprobar su curso de estado mayor y era uno de los oficiales de menores méritos, hizo un juramento ante el Samán de Güere, utilizando el nombre de Bolívar, sagrado para la oficialidad venezolana, para ocultar sus verdaderas intenciones. Los jefes de este complot eran asiduos visitantes del hato de Luis Miquilena en Barinas y allí se reunían con José Vicente Rangel, Douglas Bravo, Alí Rodríguez Araque y otros miembros de las derrotadas guerrillas comunistas.

Referencial

El intento de golpe del 4 de febrero de 1992, luego de 10 años de preparación, demostró que estos amotinados no tenían noción de estrategia ni ascendiente sobre los mandos medios y superiores de las FAN, por esa razón fracasaron de manera completa y cayeron presos más de mil oficiales comprometidos con la asonada. El golpe fracasó, pero generó una reacción, sobre todo entre los enemigos internos de Carlos Andrés Pérez en Acción Democrática y lo llevaron a ser defenestrado por sus propios compañeros en la Corte Suprema de Justicia y el Congreso, con lo cual, aunque se respetó la letra de la Constitución, se demostró una gran debilidad de los sectores democráticos. El discurso del doctor Rafael Caldera en el Senado. que justificó el intento de golpe, demostró que era parte de una conspiración civil contra la democracia, conocida como “Los Notables”, cuyas cabezas visibles eran Arturo Uslar Pietri, Ramón Escobar Salom y una serie de personajes que nunca pudieron aceptar que en la democracia no se les rindiera la pleitesía de la que otrora disfrutaran.

La ruptura política demostrada por la destitución legislativa de Carlos Andrés Pérez produjo una crisis que destruyó también a Copei, porque no apoyó las aspiraciones eternas de su fundador, el doctor Caldera. Luego, se fragmentó aún más el panorama ,cuando Caldera lanzó su candidatura con el apoyo de un número de pequeños grupos políticos, incluyendo la extrema izquierda, que adoptó el nombre de “El Chiripero” y ganó, con un nivel de abstención superior al 50%. Caldera, en sus dos elecciones como presidente, nunca llegó a alcanzar 30% de la votación popular.

Este segundo gobierno de Caldera se inició con una crisis bancaria y financiera que condujo a un nuevo episodio de control de cambio y destrozó a la llamada oligarquía financiera, sumiendo al país en una postración grave, que benefició a las fuerzas anti-democráticas. El sobreseimiento de las causas seguidas contra los oficiales responsables de los intentos de golpe de febrero y noviembre de 1992, abrió las puertas a la candidatura presidencial de Hugo Chávez, quien recibió financiamiento electoral de las FARC de Colombia, del dictador Gadahfi de Libia, de los Ayatollahs de Irán y el apoyo político de la dictadura cubana.

Los partidos políticos, debilitados en extremo y entregados al canibalismo y a las más extremas divisiones, hicieron una campaña electoral con muy poco entusiasmo y candidatos deleznables, como fueron Irene Sáez, la ex Miss Universo y ex Alcalde de Chacao y Luis Alfaro Ucero, un apparatchik adeco al que no querían ni sus propios compañeros. Frente a ellos, con fuerte apoyo de algunos de los más destacados dirigentes de los medios de comunicación y de las grandes empresas, Chávez se veía como un gigante. Una entrevista realizada por Rosa Uztáriz al sacerdote jesuita Mikel de Viana para El Venezolano, señalaba, en noviembre de l998, con una casi profética precisión: “la mitad de los venezolanos quiere a Chávez, la otra mitad se lo merece”

No lo sabíamos, aunque muchos de nosotros teníamos fundadas sospechas, la elección de Chávez, con una votación que no llegaba a ser 30% de los votantes, porque la abstención superó el 52% de la población electoral, marcó el final de nuestra democracia y el inicio de la miseria que vivimos hoy. En la segunda entrega de este tema, hablaremos de lo que ha ocurrido en estos largos y dolorosos 18 años.

 

 

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