Heráclito y la crisis venezolana III, por Luis Prieto

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Referencial

(31 de enero de 2017. El Venezolano).- Nuestro relato anterior se interrumpió con la celebración de una manifestación masiva el 23 de enero de 2002, que mostraba el creciente descontento de los venezolanos con el desempeño del gobierno de Chávez y la capacidad de organización que comenzaba a enseñar la oposición, que ya no podía ser calificada de escuálida.

La agitación seguía y las maniobras del chavismo para apoderarse de PDVSA mediante la vulneración de su sistema interno de méritos, que había garantizado el desempeño técnico de sus funciones y la pulcritud aparente de la administración. A pesar de que se hablaba de que la industria petrolera era una especie de “estado dentro del estado”, lo cierto es que esta posición era deliberada, porque se entendía que la fuente principal de riqueza del país debía estar al margen de tentaciones de corrupción.

La agresión contra la empresa nacional, que era la de mayor rentabilidad entre las empresas petroleras integradas y poseía un personal de altísima preparación profesional, se inició con manipulaciones de su junta directiva y la militarización de las funciones de seguridad interna y control de riesgos y llevó, irremisiblemente, a un despido público de los dirigentes de los gremios profesionales que integraban la industria. Este despido encendió una reacción que se hizo evidente el 11 de abril de ese año, cuando se convocó una manifestación de apoyo a los principios de mérito que regían en PDVSA.

Ese día una multitud absolutamente inesperada se reunió en Chuao, frente a una de las empresas, Maraven, que formaba la industria. Allí se caldearon los ánimos y, contrariando el discurso del presidente de la CTV, se inició la marcha hacia Miraflores. La mayoría no sabía que el gobierno había preparado un operativo con francotiradores ubicados en edificios como el Banco Central, Ministerio de Educación, Ministerio de Hacienda. Todo estaba preparado para perpetrar una masacre y achacársela a la oposición.

Aunque la dirigencia política no estaba enterada, se había puesto en marcha una conspiración de extrema derecha, coordinada por oficiales comprometidos con el Opus Dei, que contaba con apoyo importante en ciertos sectores castrenses. Mientras tanto se había montado una patraña, por parte del Ministro de la Defensa, Lucas Rincón, que iban a simular un golpe y solicitar la renuncia de Chávez. Como se ve, se trataba de una telaraña de varias capas.

Sin embargo, el hecho que desencadenó la situación fue la muerte de 19 personas de la marcha opositora, que condujo a una alocución presidencial en la cual acusaba a la oposición de simular los atentados usando francotiradores mercenarios. Esta intervención en cadena fue rota por las televisoras, sobre todo Radio Caracas Televisión, al dividir la pantalla y presentar de manera simultánea, los incidentes de la marcha y la muerte en la calle de pacíficos marchistas. Se descubrió, en fechas posteriores, que Aristóbulo Istúriz, ministro de educación, había organizado las brigadas armadas en el sótano del ministerio y las había distribuido en diversos edificios públicos y privados, sobre todo en dos hoteles situados sobre la avenida Baralt. Mientras tanto, Chávez ordenaba a los mandos militares, que ante la masacre hecha por mercenarios de la oposición, pusieran en ejecución el Plan Ávila, que implicaba el despliegue de contingentes blindados contra los manifestantes. En ese momento los comandantes de la Aviación, el Ejército y la Guardia Nacional se negaron a obedecer la orden y le dieron un ultimátum al presidente. Chávez solicitó el auxilio del cardenal Arzobispo de Caracas, Monseñor Velasco y del presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, Monseñor Baltasar Porras, arzobispo de Mérida, para que velaran por su vida cuando se trasladara a Fuerte Tiuna. Allí lo hicieron preso y comenzó una discusión entre los militares en torno al reparto de cargos castrenses.

Los golpistas de Opus Dei, mientras tanto, se reunieron y propusieron al Presidente de Fedecámaras Pedro Carmona Estanga, quien procedió a autoproclamarse Presidente de la República y disolver los poderes legislativo y judicial. En aquel momento algunos dirigentes del chavismo y de la oposición habían asegurado que existía mayoría en la Asamblea Nacional para juramentar al nuevo presidente.

Como se ve, la situación era muy confusa y la única decisión judicial en cuanto a los hechos de ese día fue la sentencia emitida por la Sala Plena del Tribunal Supremo de Justicia, en la cual se declara que ese día no hubo un golpe de estado sino un vacío de poder, sentencia contra la cual Chávez emitió una de sus bien conocidas expresiones escatológicas.

Lo que parece evidente es que esa fecha fatídica cambió profundamente la planificación, el talante y las intenciones del presidente y que su verdadera naturaleza de caudillo y dictador comenzó a dominar. La cercanía de su derrota definitiva, sin haber cumplido con los objetivos trazados y sin completar los compromisos adquiridos con las FARC, parece haber generado una modificación política trascendental. Las relaciones con los guerrilleros tendrían que estrecharse y para ello era necesario no solo entregarles armas, municiones, explosivos y pertrechos, sino servir de transportista de la droga producida por los guerrilleros y blanquear las sumas cuantiosas producidas por el tráfico ilícito de cocaína y otras drogas.

Hay cambios importantes en las relaciones con Cuba, sobre todo porque se estrecha la relación de dependencia política con el dictador antillano y se establecen planes concretos para aumentar la importancia de las misiones del G-2 cubano en Venezuela, tanto en lo referente a la seguridad personal del gobernante, como en el establecimiento de sistemas de inteligencia que detectaran con rapidez y seguridad cualquier intentona. Como dice un viejo refrán venezolano: “el que lo ha picaó culebra, cuando ve un bejuco tiembla”, y Chávez había sentido muy cerca el aliento de la muerte, por lo cual exacerbó su tendencia al miedo. El golpista del 4 de febrero no se ha distinguido nunca por su valor personal y ahora entregó completamente su vida y gobierno a Castro. La estrategia diseñada por Fidel y sus más allegados implicaba programas que luego se hicieron emblemáticos, como Barrio Adentro y las misiones de “entrenadores deportivos”, que se pagaban con petróleo y dinero efectivo.

El repunte de los precios del petróleo le daba mucha más capacidad para cumplir con los objetivos del Foro de Sao Paulo y así lo demostró al lograr el ascenso de Ortega, Morales, Kirchner y las enormes transferencias de dinero efectivo a El Salvador, para la candidatura de Tufik Handal, a México, para ayudar a López Obrador, el generoso financiamiento a Rafael Correa en Ecuador y también el financiamiento de la campaña de Lula da Silva en Brasil Venezuela se convirtió en una especie de Banco Interamericano de Desarrollo Revolucionario y por Caracas pasaban a cobrar sus cheques y presentar sus proyectos, todos los comunistas derrotados que se habían quedado en la inopia al desaparecer la URSS.

El signo monetario venezolano era el bolívar, pero se giraba en dólares, maculados por la corrupción y toda clase de delitos contra los derechos humanos. Para ganar el referendo revocatorio se usaron toda índole de artimañas, incluyendo la cedulación masiva de extranjeros, incluyendo cerca de 3 millones de colombianos.

En la medida en que se iba adentrando el sistema político en el campo delictivo, se iba deteriorando el clima moral del país. Los militares pasaron de ser obedientes vigilantes de la droga de los guerrilleros a participar activamente en las exorbitantes ganancias de ese comercio ilícito y el llamado “Cartel de los Soles”, formados por oficiales de alto rango se convirtió en un antro criminal que no tiene nada que envidiarle al Chapo Guzmán o a Pablo Escobar. Por supuesto los narcos no han jurado ante la Constitución ni tienen la responsabilidad de defender a la república y cumplir las leyes, por ello son varias veces más peligrosos por el factor de contagio. El episodio de los “narcosobrinos” es un indicio fehaciente del grado de corrupción en el que están inmersos los personeros del gobierno venezolano.

En el siguiente capítulo de esta terrible y dolorosa saga, hablaremos del final de Chávez, la degradación del poder, del país y de la cultura a la que, de una u otra manera, estamos enfrentados.

 

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