Hablemos de política: Padre, por Luis Prieto Oliveira

0

Referencial

(20 de junio de 2017. El Venezolano).- Hace pocos días se celebró en muchos países el Día del Padre, una de esas festividades inorgánicas de nuestro calendario, que obedecen más a urgencias comerciales que a razones espirituales, pero a pesar de saberlo, todos lo celebramos, unos por padres y otros por hijos. Esta fecha reafirma los lazos familiares, da pábulo al anecdotario que contorna a las familias y propicia la unidad entre facciones contrapuestas, que comparten el apellido paterno. Por eso parece muy poco propicia para incluirla en una columna dedicada a acontecimientos políticos. Sin embargo, en mi caso particular, la referencia y el recuerdo del padre, evoca una cascada de situaciones políticas que, de manera muy singular, se vinculan con la situación venezolana de la actualidad.

Cuando amanece el domingo dedicado al padre y recibo las felicitaciones de mis hijos y nietos, dispersos por distintas regiones del mundo, no puedo evitar el recuerdo de aquel gigante de mi infancia, que se plantaba frente a mí con sus casi dos metros de estatura física y yo todavía no sospechaba su descomunal estatura moral.

Político por tradición y por compromiso

Uno de mis recuerdos más remotos, posiblemente hace más o menos 75 años, fue haber ido al Capitolio Federal, donde mi padre era senador, para que conociera el entorno donde él trabajaba. Ese recinto de las leyes y el poder, que obligaba a mi padre a vestir levita y pumpá en ocasiones solemnes, me sobrecogió por su silencio y por los colores que predominaban en sus paredes, escritorios y asientos. El senador Prieto, como lo llamaban allí, quería revisar algunos de sus discursos y corregir las transcripciones. Por primera y posiblemente única vez, pude ver en funcionamiento un dictáfono de cilindro, donde se grababan las intervenciones parlamentarias y me sorprendió oír salir de aquel aparato la voz de mi padre, con todos sus matices y emociones.

Esa visita posiblemente cimentó en mí la admiración por el político y legislador que me había tocado como padre y recuerdo que la taquígrafa del Senado me dijo, con esa voz que se dedica a los niños curiosos e inquietos, “Tu papá me da mucho trabajo, porque habla en todas las sesiones y sobre todos los temas”, “¿Por qué habla tanto?”, “Porque es el único senador de oposición entre los 42 senadores de la cámara”.

Mi padre entró en la política siguiendo la tradición de sus abuelos y bisabuelos, quienes habían sido fieles liberales y habían sufrido persecuciones por su oposición a los gobiernos. En esa época cuando existían leyes que prohibían propiciar determinadas ideas, la generación de los Prieto se enfrentaba a otras de margariteños que seguían a los gobiernos actuantes. Pero además, mi padre era maestro y había fundado, junto con 16 maestros, entre los cuales estaba mi madre, el primer movimiento sindical de los maestros en Venezuela y forjado lo que fue el lema del gremio “Venezuela será lo que sus maestros quieran que sea” y por ello tenía un compromiso moral con los más pobres, con los que necesitaban la luz de la educación.

También por esas fechas ocurrió en nuestra casa un acontecimiento singular, que impactó mi sensibilidad de niño. Mi abuela me dijo que íbamos a recibir a un visitante muy importante, nadie debe saber que está aquí. Tienes que tener cuidado con la gente que toca la puerta, no abras a nadie sin saber quién es, tampoco permitas que entre nadie a revisar el medidor de la luz, el tanque de agua o cualquier otra cosa. Esto me picó la curiosidad y cuando, en la noche llegó un señor delgado, muy blanco y calvo, a quien llamaron Jóvito. Luego hubo una reunión donde estuvieron mi padre y Rómulo Betancourt. Jóvito Villaba, líder estudiantil del año 28, estaba exiliado en Colombia por “comunista” y había ingresado clandestinamente para participar en una convención del PDN, partido que había sido declarado ilegal. Aunque no me di cuenta entonces, allí entendí lo que significaba ser de oposición ante un gobierno abusivo y violento.

Referencial

Podría decirse que conocí a mi padre por el efecto que sus palabras y acciones tenían sobre los demás y también porque propugnaba una total libertad intelectual. Para nosotros no había libros prohibidos, ni ideas inconvenientes. Durante 70 años de actuación política mi padre nunca traicionó sus creencias políticas, estuvo preso muchas veces, exiliado por una dictadura, regresó al Senado como miembro electo por su estado natal, Nueva Esparta y llegó a ser presidente de ese cuerpo con el voto de la mayoría de sus miembros, electos por su partido. Fue una figura nacional e internacional.

Antes que traicionar sus ideas, se separó de quienes habían sido sus hermanos

Ante la intransigencia interna y la voluntad de no respetar la voluntad de la mayoría de su partido, Acción Democrática, recuerdo que en una ocasión le dijo a quien era su contrincante y compañero del Senado, Gonzalo Barrios, “ambos queremos ser candidatos y yo te propongo que escojas cualquier ciudad y pongamos una tarima en la plaza más importante, sólo estaremos los dos allí y diremos el mismo discurso: “Yo soy Fulano y quiero que vengan a esta plaza todas las personas que piensen que yo los he traicionado, perjudicado o incumplido promesas. Te aseguro, Gonzalo, que a ti te sale gente y a mí no”. Así de seguro estaba de su propia e inalterable integridad.

Como hombre, maestro y político, siempre mantuvo una opinión favorable de la gente y no dudó de que lograrían cumplir sus objetivos. En una ocasión me dijo: “Luis, tu sabes que aunque soy ateo, estoy seguro de que la única moral es la judeo-cristiana. Esa que llaman moral revolucionaria no es moral. Conozco a muchos que se han dejado llevar por la prédica de la revolución y por ella han cometido toda clase de crímenes. Cuando se les pasa la fiebre revolucionaria no son otra cosa que delincuentes irredimibles”

Fue un hombre íntegro, dedicado, con una memoria prodigiosa. En una ocasión en la que estaba preso, al comienzo de la dictadura de Pérez Jiménez me pidió que la próxima visita le llevara un libro y me indicó, que estaba en el tercer estante, segunda fila, cuarto libro de derecha a izquierda, y en esa biblioteca que ocupaba una enorme habitación, llegué directo a lo que buscaba.

Por encima de cualquier desgracia, siempre mantuvo el humor que le permitía burlarse de sí mismo y enfrentar la vida con alegría, aún en los momentos más tristes.

Genio y figura…

Cuando cumplió 85 años se multiplicaron los homenajes, recibió 4 doctorados honoris causa y diversas muestras de respeto y admiración. Poco después enfermó de gravedad y un día me avisaron que estaba al borde de la muerte, fui a su habitación de hospital, a acompañarlo, cuando llegó el entonces presidente Jaime Lusinchi, que había sido mi amigo y compañero de apartamento durante el exilio, en Chile. El mandatario llegó y se acercó a lo que, aparentemente, era su lecho de muerte, y le preguntó: “Maestro, como está” y él le contestó, “Muy mal, Jaime, pero mejor que tu gobierno”

Ese fue mi padre, a quien recuerdo siempre y nunca he dejado de admirar, quise aprovechar este Día del Padre para hacerlo llegar a ustedes, seguramente angustiados por las circunstancias que vive nuestra patria y repetir lo que fue uno de sus mantras: “El pueblo es más inteligente que quienes se quieren hacer pasar por líderes, a la larga o a la corta descubre a los mentirosos y continúa su camino, porque sabe cuál es su destino”. Si estuviera vivo hoy, seguramente estaría con sus alumnos, en las barricadas, luchando por lo que siempre fue su credo: “Educación, Democracia, Justicia e Igualdad”

Por Luis Prieto Oliveira

Compartir .

Dejar respuesta