Esencia de escorpión, por Enrique G. Avogadro

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(22 de Septiembre de 2017. El Venezolano).- La Cámpora, aquél rejuntado de jóvenes con el cerebro tan lavado como para reconocer el liderazgo de Máximo Kirchner y ofrecerse como “pibes para la liberación” ladrona e imaginaria que constituyó el verdadero objetivo político de los pingüinos, debe sentirse como la rana que, mientras transporta al escorpión a través del río, es picada por éste. Cuando el batracio lo mira asombrado, ya que ambos morirán, el insecto le explica que envenenar está en su naturaleza y, por eso, era inevitable.

Cristina Elisabet Fernández, desesperada ante la certeza de su inminente derrota frente a Esteban Bullrich en la carrera senatorial por la Provincia de Buenos Aires y por la inminencia de su calvario penal, ha decidido prescindir de los imbéciles lobotomizados, de los que tanto ha dicho enorgullecerse, para recostarse en los intendentes del Conurbano que aún dicen responderle.

Pero como esta autoproclamada eximia política tiende a equivocarse reiteradamente, es probable que, a último minuto, muchos de esos mini-gobernadores ordenen a sus fieles cortar boletas y, de tal forma, conservar la mayoría en cada Concejo Deliberante. Ya lo hicieron cuando vieron arder las barbas del kirchnerismo en 2009, 2013 y 2015; y resulta lógico que lo hayan hecho, toda vez que ese organismo legislativo tiene la llave para que el Intendente conserve su cargo.

Otro ámbito en el cual el kirchnerismo se está identificando con esa esencia de escorpión de su líder se desarrolla en la ciudad de Buenos Aires, donde continúa la toma de colegios secundarios. Los chicos que encabezan la protesta desnudan, en las distintas entrevistas que realizan los medios de prensa, lo absurdo de las consignas que repiten hasta el cansancio, provenientes de los chips que les implantan los adultos; en general, dicen oponerse  a cosas que “podrían” suceder, sin explicar por qué las pasantías laborales (en realidad, formativas) durante el quinto año los perjudicarían.

En ese teatro, y en el que están construyendo los falsos mapuches en el sur, con el patrocinio de las FARC y de Sendero Luminoso, se está poniendo en juego la autoridad y la majestad del Estado para imponer las leyes. Resulta repugnante que algunos jueces prohíban a las autoridades ministeriales denunciar penalmente a los jóvenes que impiden a sus compañeros entrar a los colegios para estudiar o, peor aún, que hagan retroceder a las fuerzas policiales cuando deben ingresar a un sector del territorio nacional en el que impera, por la fuerza, la inventada soberanía del famoso “terreno sagrado”.

Para entender a qué nos enfrentamos, tal como reconoció el Senador Miguel Pichetto, debemos retroceder a 1975, cuando el ERP, apoyado luego por Montoneros, intentó transformar a Tucumán en una zona “liberada” para recibir el reconocimiento internacional. Quienes lo evitaron, siguiendo órdenes legítimas de un gobierno democrático, elegido por el mayor porcentaje de votos que registra nuestra historia, están siendo juzgados, y condenados, en procesos amañados por los mismos terroristas de entonces.

Lo único cierto hoy, a un mes de las elecciones legislativas, es que Cambiemos se ha transformado en una alianza fuerte que dominará el escenario político durante los próximos años; esta semana, en una charla que me tocó dar en la sede de uno de los partidos que la integran, me preguntaron cómo veía el futuro del PRO. Mi respuesta, obviamente, comenzó por la historia.

El origen de todas las formaciones políticas tuvo un origen socio-económico. El Partido Conservador fue la expresión política de la clase propietaria de la tierra y fundadora de la República; el Radical, el vehículo de la clase media compuesta por los hijos de inmigrantes para acceder al poder; y el Peronista, fue la construcción de su líder para, con el respaldo de los obreros industriales, instalarse hasta hoy en la mitología nacional.

Ese cambio de manos del poder sólo pudo producirse porque los herederos de la élite que estaban destinados a ejercerlo en beneficio de todos, como lo hizo la generación del 80, abdicaron de su obligación. Durante décadas, los patriarcas enseñaron a su descendencia que no debía meterse en política, porque era sucia, y así ésta dejó la administración de nuestro bien más preciado –la propia Argentina- en manos de los peores, generalmente populistas y ladrones.

Antes que se me critique, me permito recordar que el concepto –la conducción de las masas por las élites- es compartido por todas las formas de la izquierda. La Revolución de Octubre, en 1917, fue organizada por veinte rusos decididos, encabezados por Lenin; el asalto al Cuartel de la Moncada, y la consecuente caída de Fulgencio Batista, fue obra de Fidel Castro y de una pequeña compañía de desarrapados asesinos; y los estragos que produjo la guerrilla terrorista en la Argentina de los 70’s fueron protagonizados por un grupo de mesiánicos que creyó, equivocadamente, que las mayorías los seguirían para cambiar para siempre nuestro destino.

Pues bien, la principal virtud del PRO ha sido precisamente esa, es decir, la de atraer a la política a centenares de jóvenes profesionales exitosos, con mucha experiencia y enormes logros en la actividad privada, y comprometerlos en la administración del Estado, a pesar de los magros ingresos que esa actividad les reporta y, sobre todo, a situarse en primera fila para los permanentes ataques y denuncias penales del kirchnerismo más acérrimo.

El Gobierno instruyó a sus funcionarios para que respondan, con demandas por calumnias, a cada una de las falsas imputaciones que reciban. El primer blanco de esta nueva praxis fue el inefable Diputado Rodolfo Tailhade, conspicuo miembro de La Cámpora y del Consejo de la Magistratura, desde el cual protegió a delincuentes como el suspendido Juez Eduardo Freiler, a quien Germán Garavano, Ministro de Justicia, le está exigiendo una millonaria indemnización.

Lo que sigue ocurriendo en Venezuela, en realidad agravándose, va en camino a convertirse en la Cuba de hace ya 70 años. Mientras el mundo miraba para otro lado, Fidel transformó a la paradisíaca isla en un mero satélite de la Unión Soviética. Como instrumento de ella, mientras destruía la economía y pauperizaba a sus conciudadanos, sembró América Latina de movimientos guerrilleros que, en nombre de una supuesta revolución liberadora, sumergieron al continente en un mar de sangre y fuego.

Hoy, obviamente, el mapa geopolítico es otro, pero en Caracas se dan cita Cuba, Irán, China y Rusia, y ninguno de ellos está dispuesto a ceder este nuevo enclave comunista en Sudamérica; habrá que ver si el mundo occidental, que hoy ve jugar irresponsablemente con misiles atómicos a Donald Trump y Kim Jong-un, estará dispuesto a tolerarlo.

Por: Enrique G. Avogadro / @egavogadro

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