El presidente de Estados Unidos es un racista. Y un mentiroso crónico también por Fabiola Santiago

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Foto: Referencial / The Daily Banter

(18 de enero de 2018. El Venezolano).- Durante su estadía en Mar-a-Lago, la lujosa propiedad en Palm Beach que el presidente Donald Trump llena de trabajadores extranjeros importados a la vez que saca del país sin compasión a los inmigrantes que trabajan duro y respetan la ley, el mandatario se refirió brevemente al insulto — “países de mierda”— que ha dado a la vuelta al mundo en muchos idiomas.

“Yo no soy racista”, dijo Trump los reporteros, canalizando a Richard Nixon desde el Trump International Golf Club en West Palm Beach.

Y agregó: “Soy la persona menos racista que usted haya entrevistado”.

Si la primera parte hace recordar la ya clásica frase nixoniana de “Yo no soy un delincuente”, la segunda es típica de Trump en un estado eufórico de autoengaño, en que repite enfáticamente una mentira hasta que se la cree, y trata de que los demás se la crean también.

Trump me recuerda a un infiel en serie que conocí que alardeaba de que podía salirse con la suya cada vez que su esposa se enteraba porque tenía una estrategia muy efectiva: “No importa lo que sea, uno lo niega”.

El huracán Trump es así, pero no hay duda.

El presidente de Estados Unidos es racista, y un mentiroso crónico también.

Ningún otro presidente ha perfeccionado el arte de mentir con más efectividad que Trump, quien se las ha arreglado, en un año sin precedentes en el cargo, en normalizar el mentir desde la Oficina Oval con el apoyo de un elenco que incluye a tergiversadores profesionales y otros racistas a cargo de redactar políticas.

En el mundo de Trump se dicen tantas mentiras que los periodistas pasan trabajo llevando la cuenta, y los estadounidenses también. Así las cosas, el diario The Washington Post instaló un seguidor de mentiras. Las cifras más recientes: en 355 días, Trump hizo 2,001 alegaciones falsas o engañosas. Saquen la cuenta: eso es 5.6 mentiras diarias.

Esa autoevaluación de la semana pasada desde el Condado Palm Beach —durante una de sus muchas vacaciones (ya ha dedicado más tiempo a jugar golf que el predecesor que tanto criticó en ocho años)— es otro reverendo engaño.

La definición de racista en el diccionario es “una persona que muestra o siente discriminación o prejuicio contra personas de otras razas, o quien cree que una raza en particular es superior a otra”.

Trump tiene otros defectos que lo colocan entre los peores presidentes de la historia y son motivo de debates inacabables. Pero Trump tiene un innegable y largo historial de tratar abiertamente de manera diferente a personas de diferente color.

Trump lanzó su campaña presidencial con un discurso en que llamó a los inmigrantes mexicanos criminales y violadores. Su mandato se caracteriza por el mismo mensaje de odio y temor a los otros, a pesar de todas las ramas de olivo que le han ofrecido en una espera infructuosa por ese momento en que se comporte como corresponde a un presidente.

Lo que Trump dijo en una reunión bipartidista sobre política de inmigración el 11 de enero, que los haitianos, salvadoreños y africanos, que son negros o de color, vienen de “países de mierda” —y que Estados Unidos debe en su lugar buscar inmigrantes de países como Noruega, predominantemente blanco— es la definición exacta de un racista.

Con sus palabras Trump ha hecho algo común lo que antes era escandaloso y egregio, lo que antes decía gente extremista a puertas cerradas.

Sus partidarios tribales repiten sus insultos con orgullo. Los republicanos que lo defienden amplifican la mentira con negaciones calibradas, silencio y debates superfluos sobre si dijo “países de mierda” o algo similar con la misma vulgaridad. Como si usar la palabra “mierda” para describir a personas de color no fuera lo que importara, porque es no solamente un horrible insulto racial, sino un factor que define la política inmigratoria del presidente.

Porque la forma en que el presidente habla de asuntos de raza y etnia pesa.

Eso da forma a las políticas que implementa: la eliminación del programa DACA, la prohibición a los viajes de musulmanes y el fin del Estatus de Protección Temporal (TPS) para los haitianos y centroamericanos.

Por eso es que no lo pensó dos veces para dejar sin el TPS a los haitianos y salvadoreños, a pesar del hecho de que no pueden regresar con seguridad a países que cumplen las normas estadounidenses e internacionales para el TPS.

Por eso es que su Departamento de Seguridad Nacional puede deportar sin un ápice de remordimiento a hombres mexicanos que han estado viviendo en este país durante décadas, que son esposos y padres de ciudadanos norteamericanos, y no tienen antecedentes penales. ¿Qué se gana con eso? Nada, excepto abrumar de dolor a familias y traerle pérdidas a lugares como Indiana y Michigan, donde dos de las víctimas de la deportación injusta fueron descritas como personas que contribuían a sus comunidades.

Con sus mentiras, el candidato Trump estableció el tono, envenenando a los estadounidenses (tanto a los republicanos antiinmigrantes dispuestos a seguirlo como sea, como a los desinformados y los temerosos), diciéndoles que estos deportados eran “hombres malos”.

Con sus mentiras, el presidente Trump ha convertido los engaños y el racismo en política de la Casa Blanca.

Su negativa estilo Nixon de intolerancia abierta mientras disfrutaba del sol de la Florida es solamente otro número más para el seguidor de mentiras.

Por Fabiola Santiago / El Nuevo Herald

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