El dominio de la ignorancia funcional, por Pastor Heydra

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foto: Referencial

(05 de enero de 2018. El Venezolano).- En los años sesenta el termino de “analfabetismo funcional” definía, luego de procesos y esfuerzos educativos masivos y populares en Latinoamérica, que el que no sabia leer, ni escribir, no estaba en nada; pero en otros era la incapacidad manifiesta para utilizar su aforo de lectura, escritura y cálculo de forma eficiente en las situaciones habituales de la vida. Haciéndolo sujeto fácil de la artimaña, de la promesa falsa que siempre culmina en fatua esperanza. Y así terminó la era de Gutenberg. Comenzando una más compleja: la cibernética, la era de Google y la de los cambios tecnológicos, en la cual prevalece el manejo del instrumento electrónico sobre el saber, aprendido por otras vías intelectuales. Algo varió.

Estos vaivenes en muchos han producido dislepsia, esa dificultad de aprendizaje que afecta a la lectoescritura, y hasta dispepsia física y mental con sus pesadeces y molestias estomacales y morales; ​​ todas las cuales según el articulista mexicano Jorge Hernández no pueden sino conducir al maquillaje, al desprecio, a vivir el borde de una suerte de amnesia colectiva, al margen de la verdad. Es lo que muchos pensadores y articulistas han llamado “ignorancia funcional”. El “idiota funcional” no parece ser dueño de sí, es un autómata. Ignora su ignorancia. Se cree poseedor de la técnica y está seguro de que los procedimientos nunca fallan. El idiota al que nos referimos no tiene tiempo para sí porque el trabajo o el estudio se lo absorbe.

Hay una obra que puede resumir esta idea como es el “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, un ensayo de Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa publicado en 1996. En esta obra los autores analizan de una forma sarcástica la historia de América Latina y el modo de pensar de sus élites políticas e intelectuales.

Las idioteces transeúntes y furtivas de casi todos los dirigentes y de las doctrinas que profusamente tratan de explicar realidades tan dramáticas como la pobreza, los desequilibrios sociales, la explotación, la ineptitud para producir riqueza y crear empleo y los fracasos de las instituciones civiles y la democracia en América Latina que se explican, en gran parte, como resultado de una pertinaz y generalizada actitud irresponsable, de jugar al avestruz en lo que respecta a las propias miserias y defectos, negándose a admitirlos -y por tanto a corregirlos- y buscándose coartadas y chivos expiatorios (el imperialismo, el neocolonialismo, las trasnacionales, los injustos términos del intercambio, el Pentágono, la CIA, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, etcétera) para sentirse siempre en la cómoda situación de víctimas y, con toda buena conciencia, eternizarse en el error que, peligrosamente en el subdesarrollo, puede derivar en  “una enfermedad mental”.

Y esto lo escribo, pues tengo tiempo para leer y observar. Por ejemplo, ver como hemos perdido miserablemente cinco lustros; como la dirigencia busca su justificación en la filosofía del francés Charles Pepín, quien sostiene que un éxito, muchas veces es una suma de fracasos acumulados por los que hay que pasar, pero no hay nada de lo uno y si, demasiado de lo otro.

El gobierno tiene un solo fin. Mantenerse ¿a qué costo? creo que ni ellos mismos lo saben, ni les interesa mucho. El poder por el poder mismo. Y punto.  La oposición centrada en la MUD de Henry Ramos, Julio Borges, Rosales, Florido, y Falcón, todavía ni siquiera ha entendido lo que pasó en Venezuela desde 1993. Sigue en su juego de preservar unos espacios invisibles o a lo mejor muy jugosos para los jerarcas; mientras una oligarquía cívica militar, hace y deshace a su antojo, sin que hayan sido capaces de verla, desde el momento de su debut, cuando con los grupos económicos y de “notables” le dieron el adiós a lo que teníamos, y ahora resulta que el producto es más difícil que subir la piedra de Sísifo a la cima.

En el cuadro actual todo será posible desde el mundo de las quimeras como la de Ricardo Hausmann con el “Día D”, hasta inéditas experiencias por venir que, inevitablemente se expresarán ante el desastre que vivimos. Lo cierto es que en este momento no hay discurso político valedero, pocos creen en el debate, en el mismo voto y hasta en lo que dicen los medios cada vez con mayor sordina. La sociedad, obviamente, está enferma de algo más que idiotez, hay hiperinflación, desabastecimiento, empobrecimiento, conformismo, temor, de todo; pero se está presentando un ruido preocupante: el miedo, que no es otra cosa que el instinto de huida. El ejemplo de lo que pasó con los aspirantes venezolanos a cursar estudios superiores en Chile, habla por sí solo. Amanecerá y veremos.

Por, Pastor Heydra.

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