El debate democrático, por Marcos Villasmil

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Foto: Archivo

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(11 de enero 2016. El Venezolano).-  Venezuela ha dado el martes 5 de enero un paso gigante en su reconstrucción democrática: la nueva Asamblea Nacional se ha instalado y ha comenzado sus sesiones. Lo único lamentable ha sido la conducta de los oficialistas, empeñados en su desprecio por las formas civilizadas del diálogo y del debate democráticos.

El parlamento es la institución en la cual se realiza, con más naturalidad, el debate democrático. El verdadero, el que nace del reconocimiento de la pluralidad de las expresiones políticas de una sociedad. Podría afirmarse, por ende, que un parlamento democrático es un lugar donde el diálogo y el debate nunca se interrumpen.

Porque el debate, si en verdad lo es, nunca se posterga, es una de las formas más normales y continuas del intercambio dialógico humano, y sin duda alguna, siempre necesario en la política. 

El debate entre demócratas debe ser asumido con seriedad, es decir, con respeto hacia el otro, hacia los acuerdos logrados, y tomando en cuenta una clara conciencia estratégica.

No hay institución que más odien los  enemigos de la libertad que el debate democrático. Todos los caudillos de la accidentada historia latinoamericana han despreciado el diálogo y el debate de ideas.

Como ya ha sido recordado en anteriores ocasiones, el pensador francés Jean Lacroix insistía siempre en que los que no son seres de diálogo, dispuestos al debate de ideas, son fanáticos: “se desconocen tanto como desconocen a los otros. Sólo por mediación del diálogo se realiza uno y se conoce: al destruir el diálogo, se destruye uno a sí mismo y se destruye al otro.”

El diálogo real nos permite identificarnos más allá de los límites de la política. Sirve para interrogarnos sobre nuestra cultura, nuestras instituciones, nuestros modos de convivencia (o carencia de ellos), nuestras formas de expresión artística, social, nuestra vida económica. El diálogo saca a flote la humanidad en cada individuo, ayudándolo decisivamente a convertirse en ciudadano.

En “El Mercader de Venecia”, William Shakespeare nos ofrece uno de los hermosos ejemplos de un encuentro verbal que busca conciliar diferencias profundas, aparentemente insalvables. Ocurre en el momento del juicio a Antonio, cuando Shylock exige el pago de la deuda contraída. Recordemos que el prestamista acepta facilitar un préstamo monetario con la condición de que si la suma no es devuelta en la fecha fijada Antonio tendrá que dar una libra de su propia carne de la parte del cuerpo que Shylock disponga. Shylock, ante el incumplimiento de su deudor, exige que se lleve a cabo lo estipulado. Tal situación se da en un juicio presidido por el Dogo de Venecia, al que asiste Porcia, la protagonista, disfrazada de hombre, actuando como abogado defensor. Porcia, si bien le da la razón a Shylock y admite que éste, por ley, puede cobrarse la libra de carne, le pide que desista de su cobro, inhumano, que sea misericordioso, y para ello Shakespeare pone en sus labios uno de las sentencias más hermosas del teatro universal: “The quality of mercy” (“La cualidad de la misericordia”):

“La cualidad de la misericordia no es forzada, desciende como lo hace la suave lluvia sobre la tierra: es dos veces bendita; bendice al que da y al que recibe”.

Puede verse en este breve video de la BBC, de 1980, con Gemma Jones en el papel de Porcia:

El diálogo democrático acepta las profundas diferencias existentes en temas complejos. Albert Camus fue un no creyente que no tuvo problema en debatir y dialogar con creyentes, desde  la perspectiva del respeto al pensamiento diverso, a la crítica, al pluralismo. El intelectual francés afirmó acertadamente en una conferencia pronunciada en 1948 ante un calificado grupo de padres dominicos,  al respecto de los horrores de los totalitarismos fascistas y marxistas: “lo que el mundo espera de los cristianos es que los cristianos hablen, con voz alta y clara, y que emitan la condena de tal manera que nunca la duda, nunca una sola duda pueda surgir en el corazón del hombre más simple.”

Es importante asumir, sobre todo en estos tiempos venezolanos, que un debate dialógico no es una mera declaración extemporánea, un repetirle al otro sus errores, obviando los propios. Como recordó Henry Ramos Allup el martes 5 de enero: “donde no hay afecto no hay equipo.”

El diálogo democrático, si es sincero, lleva en su ser una muestra de empatía hacia el contrario, al diverso, al distinto, buscando enriquecer a ambos. Y esto es así sobre todo cuando las diferencias se producen entre compañeros de una misma idea, de un mismo programa, con una visión de país que se comparte.

¿Se imagina el amigo lector los escollos históricos, los recuerdos negativos, los desencuentros existentes que tuvieron que superar los dirigentes de AD y de COPEI –el recuerdo del trienio adeco, 1945-48, los marcaba a todos- para llegar a ese hermoso ejemplo de diálogo constructivo que fue el pacto de Puntofijo? ¿O todo lo que tuvieron que tragar los socialistas, radicales, comunistas y democristianos chilenos mientras construían su forma particular de unidad, que tan exitosa ha sido que se mantiene luego de siete presidencias democráticas, escogidas en elecciones limpias y plurales?

Respetando los particularismos, no creo que las diferencias que hay entre esos hermanos que parecen encaprichados en nunca llegar a entenderse, Henrique Capriles y Leopoldo López, sean mayores, más serias, importantes o trascendentes que las que hubo en algún momento  entre Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera, o entre los chilenos Patricio Aylwin, Ricardo Lagos y Clodomiro Almeyda. Sin embargo, estos lograron acuerdos vitales -por importantes y duraderos- para el futuro de sus países. Todos, venezolanos y chilenos, aprendieron las duras lecciones de la lucha contra dictaduras.

Los ciudadanos venezolanos no esperamos más, pero tampoco menos, de los demócratas criollos de hoy. Si no, nuestra vida será, como diría también el pana Shakespeare:

“La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre histrión que se pavonea y agita sobre la escena, Y a quien se olvida después. Es una fábula Llena de ruido y furia, narrada por un necio, Que nada significa…

Macbeth, Acto V, Escena V.

Todos los días son ocasiones para que los demócratas consolidemos la unidad. Sobre todo en esa institución fundamental para la reconstrucción democrática que es el parlamento. Porque sin unidad, nos hundimos todos.

Sigamos, todos los ciudadanos, con nuestras responsabilidades respectivas, consolidando la unidad democrática y, por esa vía, la unidad de una nación que necesita una cada vez más urgente reconstrucción tanto material como moral.

Por Marcos Villasmil

 

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