Del Imperio Otomano a la República, por Julio César Pineda

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Foto: Referencial / Ortografía y Literatura

(10 de septiembre de 2017. El Venezolano).- Las dos revoluciones paradigmáticas en la nueva historia de la humanidad son la Revolución Francesa y la Revolución Bolchevique. La primera, que terminó con el antiguo régimen, se inició en 1789. Facilitó la constitucionalización en la vida política con instituciones bajo el principio de la soberanía popular. Se enmarcó en la ideología liberal, con la propiedad privada, libre competencia, pluralismo, alternabilidad electoral y separación de poderes. Puso término al Feudalismo y al Absolutismo y originó una nueva realidad política, económica y social.

La Revolución Bolchevique de noviembre de 1917, representó en su tiempo una ruptura contra el orden liberal y capitalista, hacia el establecimiento del sistema socialista dentro de los parámetros del socialismo científico con la ideología marxista y la política leninista. Esta revolución en Rusia, condujo a la creación del primer Estado socialista y más tarde a la Unión Soviética. Frente al predominio del individuo ante el Estado, propio de las revoluciones francesas, el modelo soviético era de sumisión total de la persona frente a lo colectivo, con la apropiación del Estado de todas las actividades humanas. Estas dos revoluciones influyeron en diferentes tiempos en maneras determinantes con una proyección internacional. En estos tiempos en que conmemoramos 100 años de la Revolución Rusa y 228 de la Francesa, es interesante poder referirnos a otros procesos revolucionarios en el mundo, en donde encontremos más allá del estallido popular, la posibilidad de realizaciones permanentes en los dominios de la libertad y el desarrollo de los pueblos que las emprendieron.

He sido invitado al próximo simposio internacional organizado por el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Ankara, que se realizará en Brasil, cuyo director es Mehmet Necati Kutlu, profesor e investigador de esa Universidad. Allí desarrollaré como un aporte más dentro del Simposio “Turquía: Del Imperio a la República”, el tema de la singularidad de la Revolución Turca, la nueva Turquía en el Medio Oriente y su relación con América Latina.

Movimiento de cambio
La Revolución Turca presenta una nueva expresión de un movimiento de cambio y de transformación. Se diferencia de las revoluciones anteriores, porque más que el elemento ideológico y el proyecto utópico de la Nueva Sociedad y del Nuevo Hombre, contra la ruptura total del pasado, conservó los elementos de la tradición y una permanente coherencia evolutiva, combinando idealismo y pragmatismo y respondiendo a situaciones coyunturales sin olvidar los principios y metas de la mejor sociedad y del mejor gobierno.

Este Imperio Otomano duró hasta la proclamación de la República de Turquía el 23 de octubre de 1923. Por los cambios y por sus resultados ha sido un proceso importante. En el Islam, podría compararse con lo que fue la Reforma de Lutero (1517) para el Catolicismo.

Como con las revoluciones francesa y rusa, existieron causas objetivas y subjetivas para la ruptura y la transformación. La decadencia del Imperio Otomano, obligaba a un cambio revolucionario, tanto por los conflictos internos con las minorías étnicas que buscaban su independencia (árabes, armenios, griegos y kurdos), como por las ambiciones de las potencias europeas, (Rusia, Austro-Hungría, Inglaterra, Francia y especialmente por las naciones balcánicas sometidas).

El “Enfermo de Europa”, como lo llamaban al Imperio Otomano, para 1900, no podía resistir las exigencias económicas del desarrollo y las demandas de su población. En la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano tomó la mala decisión de alinearse con Alemania y Austria y en cuatro años de guerra 1914-1918, fue derrotado y desapareció.

Grandes transformaciones
Fue Mustafá Kemal Ataturk, quien proclamó la nueva República y así inició las grandes transformaciones, con la herencia que dejó el movimiento de los Jóvenes Turcos en 1909. Afirmó la territorialidad y la identidad turca, tratando de hacer de Turquía un Estado moderno. Esta nación se proclamó laica, eliminó la Sharia, promulgó nuevas legislaciones civiles y penales, instituyó el matrimonio civil y el uso del alfabeto latino. Pero nunca renunció a los logros de su pasado imperial ni al espíritu de su identidad religiosa y cultural. Hasta su muerte en 1938, Ataturk impulsó el programa revolucionario con el ejemplo de Occidente, cuya vigencia aún está presente. Todavía hoy para los turcos, 79 años después de su muerte, el Nazar es el amuleto que recuerda los ojos azules de Ataturk, el padre de los turcos.

Es bueno destacar que el latinoamericano más importante que participó en la Primera Guerra Mundial, que conoció a Ataturk y peleó en la región del Cáucaso contra los rusos y en el Medio Oriente contra ingleses y británicos fue un tachirense: Rafael Nogales Méndez.

Por Julio César Pineda / El Universal

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