Cuando los hijos se van, por Alfredo Rincón

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(12 de octubre 2016. El Venezolano).- Escribo este artículo casi con lágrimas en los ojos. Durante los siglos XIX y XX, hubo venezolanos que se fueron de su país, en especial por motivos políticos. Iban exiliados o huyendo de la guerra de independencia, de la federal o de otra de las tantas guerras civiles que nos azotaron. Hoy Venezuela sufre por vez primera la salida de más de un millón de sus hijos porque no ven futuro acá, y el presente es cada vez más duro: comencemos por la inseguridad personal. De los 4.800 homicidios en 1998, tenemos hoy una cifra seis veces mayor. La pobreza, reducida en la primera década del siglo, hoy es mucho mayor que en los años 90. La falta de medicinas y la carestía de los alimentos, hacen que el nivel de vida se haya deteriorado. Hoy Venezuela y sus ciudadanos vivimos peor que en cualquier país de América, salvo Haití, Cuba y quizá algún otro. Desde los años 50, por cuarenta años, éramos la envidia de nuestros vecinos. El venezolano que iba al exterior era para hacer su posgrado, aprender otros idiomas o por turismo. Hoy la mayoría va para sobrevivir él y su familia. Es un país que se desangra. Le regalamos a otros países profesionales ya formados porque no ven acá ni presente ni futuro. Sólo en España hay más de 5 mil médicos venezolanos, pero en el Zulia no hay radiólogos en varios de los hospitales públicos. El médico criollo o un profesor universitario gana aquí de 50 a 90 dólares al mes cuando en paises vecinos pueden ganar tres mil o más dólares mensuales.

Pero quiero referirme al drama personal y familiar. Los padres ven irse a sus hijos. Comprenden que probablemente les vaya mejor en Estados Unidos, Argentina, Chile, España y hasta Colombia. No siempre es así, pero se les desgarra el corazón viéndolos alejarse de sus vidas. No son sólo hijos y nietos. También sobrinos, amigos, discípulos. Verdad es que con la tecnología moderna, el Skype, el Twitter, el Whatsapp, etc., puede mantenerse un contacto diario con los parientes y amigos que se van, pero cómo duele su separación física. Me comentaba un especialista que los casos de ansiedad y hasta depresión se han incrementado sensiblemente no solo por el alejamiento de familias, sino sumado al deterioro en el nivel de vida nuestro. Conversando de este tema con mi admirado amigo el doctor Tito Balza Santaella, me informó algo que yo desconocía: y es que al título de mi artículo, correspondiente a una película mejicana de los años 40, con la famosa actriz Sara García, la había sucedido otra “Cuando los padres se quedan solos”. Esa es la tristeza de quienes nos quedamos en Venezuela. Verdad es que en los 40, 50 y 60 cuando cerca de un millón de italianos, españoles y portugueses se despedían de madres y novias, era mucho peor. Era difícil y costoso el contacto telefónico. El enviar una carta y recibir respuesta tardaba un mes o más.

Ojalá esta sangría de seres humanos se detenga. Ojalá muchos de los que se fueron regresen a una Venezuela democrática, próspera y con seguridad personal y pública. Pero como dice alguna canción mejicana: “Dicen que no son tristes las despedidas, dile al que te lo dice, que se despida.”

Por Alfredo Rincón / Economía Sin Secretos

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