Chávez, 20 años de un legado que se ha transformado en una pesadilla de nunca acabar

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Foto cortesía

(06 de diciembre del 2018. El Venezolano).- 20 años han pasado desde que un hombre con boina roja se coronó como el presidente número 48 de la antigua República de Venezuela, hoy República Bolívariana de Venezuela. Nadie imaginó que alguien de pueblo, de las periferias del país y de un pueblito llamado Sabaneta marcaría la historia de una nación y el futuro de una ciudadanía, aún después de su muerte.

Sin importar las tendencias o la apreciación. Todos los venezolanos coinciden en que Hugo Rafael Chávez Frías dejó un legado, para unos acertado, y para otros lleno de catástrofes y resentimientos que implosionaron las bases del país.

Dos décadas han pasado desde que “el comandante” se hizo con el país y se apoderó del cariño del pueblo con sonrisas, discursos poco adornados y carentes de tecnicismo, pero perfectos para cautivar a esa población ignorada y radicada en los llamados cinturones de miseria sedienta por tener un puesto en la sociedad.

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Él llamó a su gobierno “una revolución”, adornada siempre con el apellido Bolívar para revivir ese nacionalismo inexistente que desencadenó una ola de división y tensiones que hoy se traducen en la hiperinflación más grande de la historia del país y del continente.

Pero las malas decisiones y las sistemáticas violaciones ocasionaron un efecto bumerán que mutó en un aislamiento político internacional de ese gobierno transformado en herencia y cuyo único heredero fue alguien menos popular, pero con la misión de cargar con la sombra de su maestro. Ese fue Nicolás Maduro.

La nueva era chavista

Nadie pensó que un cáncer acabaría con la vida del icónico personaje un 5 de marzo de 2013, pero lo que en verdad jamás imaginaron es que el legado se prolongaría y que un antiguo operador del metro sabría liderar entre torpes acciones a un país efervescente, pero agotado de tanto sufrimiento.

Entre expropiaciones, mensajes ácidos y un pueblo que aplaudía sin parar, el rojo rojito rompió leyes y se rodeó de líderes de su misma tendencia política y a los que les ofreció regalías, petróleo, apoyo y una sonrisa amplia, mientras el horror se gestaba lentamente en la matriz de la nación.

Pero a cinco años de su muerte, su sucesor parece haberse hartado de siempre vivir bajo la sombra de Chávez. Sabe que deshacerse de él es arriesgar demasiado, pero de a poco se adentra en una nueva corriente. Esa que lleva su apellido, el madurismo, pero lo tiene difícil.

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Tan difícil que el chavismo se ha desmembrado en bandos que corresponden a distintas lealtades, a distintos principios, pero que al final siguen aparentemente unidos, para continuar disfrutando de las mieles del poder que Chávez le dejó en herencia.

Sin  embargo la herencia se acaba y tras los días de gloria lo que queda es miseria, los vestigios de un país que se desangra ante los ojos del mundo que luego de 20 años ha comenzado a reaccionar, a entender que lo que desde los inicios llamaban totalitarismo, militarismo, despotismo es hoy una dictadura.

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